miércoles, 12 de abril de 2017

Jueves Santo


JUEVES SANTO

EL CÁLIZ QUE BENDECIMOS
ES LA COMUNIÓN DE LA SANGRE DE CRISTO

Por M. Adelina Climent Cortés  O.P.


                    EL JUEVES SANTO, es un día  de acción de gracias, por habérsenos  manifestado, más que nunca, el  Amor de nuestro Dios. Amor, que ha sido  derramado en beneficio de todos. Amor, que salva y vivifica, Amor sublime, que enseña a amar y a vivir en el amor. Este Amor, es el de Cristo Jesús: “LOS AMÓ HASTA EL EXTREMO”. Amor, también, entregado, y que se hace presencia y compañía en LA EUCARISTÍA, instituida y celebrada por Jesús, como sacrificio de expiación y comunión, en el PAN PARTIDO Y VINO OFRECIDO, y que, es, anuncio de su pasión, muerte, y resurrección.

                    Por eso, hoy, en La Celebración Eucarística, MEMORIAL y SACRAMENTO SALVADOR, banquete pascual, fusión de los fieles en el Señor y entre sí, anticipo del banquete escatológico, alabamos a Dios Padre con el salmo 115; oración de acción de gracias con sentido sacrificial, que hace más sublime y perfecta la  alabanza  que se ofrece, por ser fruto, no solo de un rito externo, sino, de un espíritu sincero y agradecido a Dios:

¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombre.

                    Haciendo propios los sentimientos del salmista, que desea ofrecer la acción de gracias en una libación litúrgica: alzando la copa de la salvación   e invocando el nombre del Señor –símbolo del cáliz que bendecirá  Jesús-, nuestro deseo ha de ser, agradecer a Dios habernos dado a su propio Hijo Cristo Jesús, nuestro salvador, y  haber querido, éste, antes de morir, sentarse a la mesa con los hombres y  permanecer siempre con nosotros en La Eucaristía. MISTERIO GRANDE Y EXCELSO DE AMOR Y DE COMUNIÓN.      

                    Pero, el salmista, aporta más razones:

Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo,
hijo de tu esclava;
rompiste mis cadenas.

                    También, nosotros, todos los cristianos, hemos de ver con humildad, que el Señor, aunque algunas veces nos prueba para nuestro bien, nunca quiere la muerte de sus hijos, nuestro mal definitivo,  y, que, para librarnos de ella, aceptó la muerte de su propio Hijo, Cristo Jesús, con la que  rompió, de una vez para siempre, todas nuestras ataduras.

                    Agradecido, el orante, dice a Yahveh:  

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.
Cumpliré al Señor mis votos,
en presencia de todo el pueblo.

                    Nosotros, todos los cristianos, también  hemos de cumplir nuestros votos de acción de gracias y de alabanza,  ante el altar eucarístico, uniendo nuestro sacrificio espiritual al de Cristo Jesús, en oblación y glorificación al Padre y en amor  y entrega a  los hermanos.


                    Y, este deseo de  vivir en comunión de vida con Cristo Jesús, y con  nuestros hermanos,  debemos acrecentarlo con el alimento nutritivo de La Eucaristía; porque, de esta manera,  el CUERPO DEL SEÑOR, CON SU SANGRE, nos ayudará a vivir su misma vida de amor  y entrega, desde el servicio, la reconciliación mutua, y en renovación de vida interior: todo, fruto de una pascua nueva y eterna, como es  LA PASCUA DE CRISTO JESÚS.

sábado, 8 de abril de 2017

Domingo de Ramos


DOMINGO DE RAMOS -
Entrada del Señor en Jerusalén.



                                   
DIOS REINA SOBRE LAS NACIONES

                                        Por Mª Adelina Climent Cortés  O.P.


                    Fiesta entrañable y hermosa la del DOMINGO DE RAMOS en la que recordamos a Jesús y celebramos su entrada triunfal en Jerusalén, rodeado de una muchedumbre de gente que le  aclama con ramos de olivo y palmas, con vítores y gritos de júbilo: “HOSANA AL HIJO DE DAVID, BENDITO EL QUE VIENE EN NOMBRE DEL SEÑOR, EL REY DE ISRAEL, ¡HOSANA EN EL CIELO!”

                    Unidos al grupo que le sigue, también nosotros festejamos a Jesús, que, victorioso y triunfante, se dirige  hacia la meta de su misión redentora donde nos dará  su  misma Vida; a la vez que, le contemplamos, cabalgando  humildemente sobre una borrica, como, queriendo indicar, que la salvación del mundo será consecuencia de su entrega de amor hasta la muerte en cruz, y  de su triunfante resurrección.

                    Y, unimos nuestra alegría y gozo en torno a Jesús, cantando con alegría y entusiasmo el salmo 46, un hermoso himno que aclama a Yahveh como Rey y Señor de todo el universo:

Pueblos todos batid palmas
aclamad a Dios con gritos de júbilo:
porque el Señor es sublime y terrible,
emperador de toda la tierra.

                    La realeza de Yahveh se ha manifestado de manera visible y maravillosa, en la conquista de la tierra, prometida a Israel, el  pueblo que se había escogido como heredad,  y en el sometimiento de los reyes y pueblos vecinos, sobre los cuales, Israel, ha quedado encumbrado. Victorias, logradas por Yahveh, en la persona del propio Rey, su representante en la tierra; lo que deja entrever la universalidad de su reinado:

Él nos somete los pueblos
y nos sojuzga las naciones;
Él nos escogió por heredad suya:
gloria de Jacob, su amado.

                    El salmista, pasa a cantar de manera vibrante, solemne y estrepitosa, la entronización  de Yahveh como Rey y Señor de todas las naciones, y,  anima más y más  al grupo de cantores, a que sigan esmerándose en el arte de tocar, para que, la celebración litúrgica, conserve  todo su esplendor. El episodio, recuerda la subida y entronización del arca de La Alianza,  en el santuario, después de una procesión; también sugiere las subidas de Israel a su propia  tierra, en los diferentes éxodos de su historia, en los que, siempre cabalgaba Yahveh delante del pueblo, infundiendo esperanza y animando la expedición:

Dios asciende entre aclamaciones,
el Señor a son de trompeta:
tocad para Dios, tocad,
tocad para nuestro Rey,  tocad;
porque Dios es el Rey del mundo:
tocad con maestría.

                                   
                    Ya en su trono, Yahveh, rodeado de gloria y esplendor, recibe el vasallaje de los pueblos y los reyes vecinos, que unidos a Israel, pregonan solemnemente la grandeza, soberanía y universalidad de su reinado:

Dios reina sobre las naciones,
Dios se sienta en su trono sagrado:
los príncipes de los gentiles se reúnen
con el pueblo de Dios de Abrahán,
porque de Dios son los grandes de la tierra,
y Él es excelso.

                    Más, después de haber aclamado a nuestro Rey y Señor, seguimos acompañando a Jesús, nuestro Mesías Salvador, a través de la escucha y contemplación de su pasión y muerte, como una anticipación de la celebración del Viernes Santo.

                    Jesús, con el derramamiento de su sangre inocente expía el mal del mundo y los estragos de la muerte. Misterio profundo y sorprendente el de Cristo Jesús, que debemos adorar en profundo silencio, y, a la vez, cargando con la parte de su cruz, que nos ha tocado a cada uno, pedir por aquellos que aún no le reconocen, como Hijo de Dios  y Salvador del género humano.

                    También, con alegría y amor, celebramos a Jesús en su triunfante Resurrección, ya que, en la eucaristía se nos da como Pan de Vida Eterna y prenda de Salvación, reviviendo, de esta manera, su Pascua gloriosa y salvadora.


                    Y, como también lo anticipa el salmo, Cristo Jesús, asciende entre vítores y aclamaciones a la derecha del Padre, al santuario del Cielo, donde tiene preparado su trono  y donde, nos espera a todos con los brazos abiertos, para que participemos de su misma gloria.

viernes, 31 de marzo de 2017

Domingo V de Cuaresma-A


 DOMINGO  V  DE  CUARESMA  -  A


DEL  SEÑOR  VIENE  LA  MISERICORDIA,
LA  REDENCIÓN  COPIOSA
                                 
Por M. Adelina Climent Cortés  O.P.

                   
                    Dios nos anuncia un mensaje de vida y esperanza a través de las lecturas bíblicas de La Eucaristía de este domingo V de cuaresma. En Ezequiel nos dice: “os infundiré mi espíritu y viviréis”. Y, cuando el profeta sigue anunciando al pueblo judío, que vive en el exilio de Babilonia, el retorno a su patria, que es como la vuelta a una vida feliz y deseada, está expresando lo que dice Dios: “os colocaré en vuestra tierra y así sabréis que soy el Señor”. Y, si  Dios actúa de esta manera, es porque, le encanta pactar alianza con los hombres. Y, como tiene un  espíritu  sensible y tierno, se puede compadecer de los que viven en situaciones de esclavitud, de miedo, o de pecado, y, hacer que retornen a la alegría de una vida con sentido y en búsqueda de plenitud:

                    Con el salmo 129, cantamos y nos unimos  en oración ferviente y confiada al  Dios, que, siempre y de manera gratuita, da vida y amor, salvándonos, para proclamar con gozo, que, sólo de Él, nos “viene la misericordia, la redención copiosa”

                    El salmo 129, es la oración de un israelita, que, lleno de fe y  esperanza, se dirige a su Dios, Yahveh, ante el temor que siente por la proximidad de su muerte y  por creer que, ésta, se debe a sus graves  faltas y pecados. Pero, aún así,  es mucho mayor, y de manera exagerada, la confianza que tiene puesta en su gran misericordia y perdón:

Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz:
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica.

                    Sabe el salmista que, Yahveh, siempre fiel a su Alianza, conoce  la miseria y debilidad de los hombres y, también, que, lo que nunca puede hacer, es, desconfiar de los fieles que, con sencillez y humildad le invocan, ya que, a todos otorga la posibilidad de renacer a una vida mejor:

Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes respeto.

                    Y, con la confianza puesta en Yahveh, el orante vive agradecido, esperando siempre su palabra, que considera  bendición y luz de aurora, que guía y acompaña toda su vida:

Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela la aurora.
Aguarde Israel al Señor
como el centinela la aurora.

                    Sabiendo que sólo de Yahveh viene la salvación plena, el israelita tiene la seguridad,  que también llegará  a todo Israel, si confía y espera en su Dios y Señor:

Porque del Señor viene la misericordia
la redención copiosa;
y él redimirá a Israel
de todos sus delitos.

                    Y, también nosotros, los cristianos, desde lo hondo de nuestro ser, elevamos súplicas a Dios, en Cristo Jesús,  con la confianza que nos da saber, que ha venido a salvar a su pueblo de los pecados.

                    Efectivamente, Cristo Jesús, es expresión viva de la  misericordia de Dios. Y, porque el Padre, en la cruz le ha dado la plenitud de La Vida, con su gloriosa Resurrección, pudo decirnos: “YO  SOY  LA  RESURRECCIÓN  Y  LA  VIDA: el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre”

                    Cristo Jesús es, pues, el que nos redime dándonos vida, y la vida que nos da, es la suya propia y la del Padre, al infundirnos EL  DON  DEL ESPÍRITU  QUE  UNE  A  LOS DOS. Y, esta Vida, es la que nos hace crecer y caminar hacia el Reino glorioso como hijos de Dios.


                    Así, Cristo Jesús, nos da La Vida con su palabra evangélica, con su presencia entre los hermanos, con su perdón y su mesa eucarística. Es La Vida, que hace posible nos vayamos  identificando con Él, para después gozar de su eternidad junto al Padre.

domingo, 26 de marzo de 2017

Domingo IV de Cuaresma


DOMINGO IV DE CUARESMA - A

EL SEÑOR ES MI PASTOR, NADA ME FALTA

Por M. Adelina Climent Cortés  O.P.


                     Nos envuelve el gozo y la alegría que impregna la liturgia eucarística  del IV domingo de cuaresma, en la que se vislumbra un nítido reflejo de la explosión de luz, que estallará con toda su energía y potencia en La Pascua de Jesús, en su triunfante y gloriosa Resurrección.

                    Y, con acción de gracias, cantamos al Señor el salmo 22, en el que, el mismo Dios, se nos manifiesta  como EL BUEN PASTOR,  que, con cuidado y amor,  va guiando a su pueblo por el  camino áspero y dificultoso, que conduce a LA LUZ SALVADORA, a la verdadera vida.

                    El poema nos recuerda la salida de Israel de Egipto, cuando  fue liberado, por Yahveh, de la esclavitud del Faraón y le acompañó por el desierto, hasta la tierra prometida, con el fin de protegerle en todo momento y dificultad, como un Pastor fiel, que cuida con amor y desvelo de sus ovejas, y las conduce a hermosos y frescos páramos, donde las fuentes cristalinas  invitan al descanso, reparan las fuerzas y revitalizan el corazón:

El Señor es mi pastor,
nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas.

                    El Buen Pastor, siempre solícito y fiel, también conduce a sus ovejas por caminos rectos y escogidos; y, éstas, no temen ni desconfían, cuando en la oscuridad se deslizan por vericuetos peligrosos, porque, en todo momento, sienten la presencia y protección del Pastor, que las ama y les infunde seguridad:

Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre,
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu callado me sosiegan.

                    Pero, Yahveh, no solo conduce,  protege, y proporciona descanso a sus fieles, como  Buen Pastor, también,  como hace el dueño y señor de su casa, prepara una mesa en la que puedan alimentarse, y recibir  las atenciones y honores de los invitados, de manera que, viéndolo, los enemigos queden confusos:
                                     
Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa.

                    Mas, llega a tanto la bondad y la ternura del Dios, Yahveh, que no dejará de acompañarnos hasta conducirnos al Banquete escatológico de las bodas eternas de  su Hijo, Cristo Jesús con la humanidad, incitando, así, nuestros deseos de felicidad eterna en la gloria del cielo:   

Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término

                    Y, así como Yahvéh hizo de David, joven pastor, el rey y guía de Israel, después de haber sido ungido en medio de sus hermanos, para reunir lo disperso, consolidar fronteras, y hacer del pueblo una nación compacta y fuerte, con la capital en Jerusalén. De igual modo, en el camino nuevo que el Padre ha abierto  entre los hombres, ha escogido a su Hijo Jesucristo, como Pastor y guía nuestro y como LUZ DEL MUNDO:

                    El Evangelio narra que Jesús: “… escupió en la tierra, hizo barro con la tierra, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo: -“ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa enviado). EL FUE, SE LAVÓ, Y VOLVIÓ CON VISTA”.

                    Siendo, además, Jesucristo, el Cordero de Dios que ha quitado el pecado del mundo; al que, el Padre, ha constituido como autor de La Nueva y Eterna Alianza, por la que ha hecho realidad la promesa de Salvación, que había asegurado a su siervo David.   


                    Jesucristo, sigue siendo nuestra Luz y nuestro Buen Pastor, el que, siempre, nos guía con amor, fuerza, y valentía, el que nos conforta con la dulzura de su palabra, el que nos restaura con el brillo de su rostro, el que nos alimenta con su mismo cuerpo y nos hace vivir en comunión con Él, el que nos ilumina con su luz y, con Él,  nos hace ser luz y salvación para los demás, y, el que nos conduce a la felicidad, a la fiesta eterna del cielo.

jueves, 23 de marzo de 2017

Solemnidad de la Anunciación del Señor


LA  ANUNCIACIÓN  DEL  SEÑOR

AQUÍ ESTOY, SEÑOR, PARA HACER TU VOLUNTAD

Por Mª Adelina Climent Cortés  O.P.


                    LA ANUNCIACIÓN DEL SEÑOR es una fiesta entrañablemente hermosa, repleta de alegría y optimismo, en la que celebramos LA ENCARNACIÓN DEL VERBO, EL HIJO UNIGÉNITO DE DIOS, EN EL SENO DE LA VIRGEN MARÍA; lo que nos mueve a cantar y meditar  el salmo 39, para alabar, bendecir  y estar agradecidos a nuestro Padre Dios, por su gran don y regalo, por su “Sí” gratuito dado a María y, con Ella, a todos nosotros; y por el “Si” consentido y fecundo de María a su voluntad, que hace posible se nos abran las puertas de La Salvación.

                    El salmo 39, cuyo origen es de los tiempos del exílio, en su primera parte, es un himno de acción de gracias, y, expone, que el mejor sacrificio de alabanza que se puede ofrecer a Yahveh, el Dios de Israel y de La Alianza, por ser el que más le agrada, acepta y  satisface, es la entrega personal y total de la propia voluntad del orante, desde la fe, el amor y la confianza, a su proyecto de amor y salvación; ya que, esto, es lo único que le puede santificar y no el ofrecimiento de los bienes materiales, ni  los sacrificios de culto. Y, esta ofrenda auténtica del salmista  a su Dios y Señor, es, lo que ha hecho posible su total liberación y salvación: 

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas,
y, en cambio, me abriste el oído;
no pides sacrificio expiatorio.
Entonces yo digo: “Aquí estoy”.
             
                    El salmista expresa agradecido que, si Yahveh, su Dios, ha actuado con tanta generosidad a su favor, él,  por su parte, también  ha de corresponderle con el mejor de los sacrificios; es decir, con el fiel cumplimiento de La Ley, la que consta en su libro y  lleva guardada en el interior del corazón: 

Como está escrito en mi libro:
“Para hacer tu voluntad”.
Dios mío, lo quiero
y llevo tu ley en las entrañas.

                    El salmista, además, quiere expresar públicamente su gratitud a Yahveh, por manifestarse siempre fiel a su Alianza, con su salvación, su misericordia y su lealtad. Y, lo hace con el testimonio de su propia vida, obrando justa y honradamente y, también, con el de su alabanza, para que, de esta manera, su nombre pueda ser reconocido y proclamado por toda la asamblea:

He proclamado tu salvación
ante la gran asamblea;
no he cerrado los labios:
Señor, tú lo sabes.

No he guardado en el pecho tu defensa,
he contado tu fidelidad y tu salvación,
no he negado tu misericordia y tu lealtad,
ante la gran asamblea.

                    Y, la carta a los Hebreos, toma de este salmo las palabras que pone en boca de Jesús al nacer: “Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, entonces yo dije: Aquí estoy para hacer tu voluntad” Palabras que comienzan a hacerse realidad en el mismo momento de la anunciación de su encarnación a María Santísima y que, guardan armonía, con las que pronuncia La Virgen cuando, después de  recibir el mensaje del ángel Gabriel: “CONCEBIRÁS EN TU VIENTRE Y DARÁS A LUZ UN HIJO,  Y LE
PONDRÁS POR NOMBRE JESÚS”,  contesta: “AQUÍ ESTÁ LA ESCLAVA DEL SEÑOR, HÁGASE EN MÍ SEGÚN  TU PALABRA”.

 Palabras que, Cristo Jesús cumple plenamente, en el momento culmen de su entrega total y definitiva en el sacrificio de la Cruz: “Todo está cumplido” y, seguidamente,  muriendo y resucitando en obediencia amorosa al Padre, con el fin de realizar  la salvación del  género humano.


                    Que, como La Virgen María y Cristo Jesús, su hijo y nuestro hermano mayor, sepamos  nosotros, recibir y acoger el “Sí” salvador de Dios, respondiendo también, con nuestro “sí” total, a lo largo de nuestra vida.

domingo, 19 de marzo de 2017

Solemnidad de San José


SAN JOSÉ, ESPOSO DE LA VIRGEN MARÍA

TE FUNDARÉ UN LINAJE PERPETUO

Por  Mª Adelina Climent Cortés  O.P.


                    Siempre, la misericordia de Dios y su fidelidad se derraman en promesas, que abren esperanzas de salvación a la humanidad. Realidad cantada y orada en el salmo 88:

Cantaré eternamente las misericordias del Señor,
anunciaré tu fidelidad por todas las edades.
Porque dije: “Tu misericordia es un edificio eterno,
más que el cielo has afianzado tu fidelidad”.
                    En esta fidelidad constante de Dios, fruto de su alianza con Israel, siempre  renovada, se irá cumpliendo su promesa salvadora, hasta que alcance total plenitud en su Hijo, Cristo Jesús, por  su entrega y amor al Padre y a los hombres.

                    Y, la alianza sellada con David, es una Alianza Eterna a favor de todos los hombres, y, va dirigida a JOSÉ, su descendiente, que la hará realidad y vida, desposándose con LA VIRGEN MARÍA:

Sellé una alianza con mi ungido,
jurando a David mi siervo:
“Te fundaré un linaje perpetuo
edificaré tu trono para todas las edades”

                    Así, el hijo anunciado, el descendiente de David, cuyo trono durará siempre, es la personificación del futuro Mesías, el Hijo de Dios, el Salvador, promesa acabada del Padre, don de su infinito amor, que será conocido, como hijo de María y de José, con el nombre: Jesús de Nazaret, y que, al mismo tiempo, es fruto del Espíritu Santo.

Él me invocará: “Tú eres mi padre,
mi Dios, mi Roca salvadora”.

Le mantendré eternamente mi favor
y mi alianza con él será estable.

                    Sólo, Cristo Jesús, es perpetuo y hace que todo lo demás sea duradero y eterno. Su reino será el del cielo, el de la eternidad. El reino, también, de todos sus seguidores y, el reino que ha de ser por todos conocido, porque es el Reino de nuestro Padre Dios.

                    Este misterio de amor y comunión con Dios, ha sido posible, además, por la respuesta de fe y de humilde obediencia, de JOSÉ, a los designios salvadores de Dios, vividos con responsabilidad y entereza de ánimo, desde su silenció y el sufrimiento, que siempre acompaña a las obras grandes, y, también, desde una confianza plena en las bondades de Dios:

                    -“JOSÉ HIJO DE DAVID, no tengas reparo en llevarte a MARÍA, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del ESPÍRITU SANTO. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de los pecados”

                Y José, por ser hombre justo, acogió a María, su esposa, y cumplió la función paterna de dar al Niño el Nombre de Jesús, y en Él actuará Dios nuestra SALVACIÓN.

                     Por eso, nosotros, con toda la humanidad, acompañando a JOSÉ, EL ESPOSO DE MARÍA, al que agradecemos su ejemplaridad, demos alabanza al Padre, cantando los mismos versos del salmista:

Cantaré eternamente las misericordias del Señor,
Anunciaré tu fidelidad por todas las edades.


viernes, 17 de marzo de 2017

Domingo III de Cuaresma- A


                    DOMINGO  III  DE  CUARESMA - A

ESCUCHAREMOS TU VOZ, SEÑOR

Por M. Adelina Climent Cortés O.P.


                    Dios, siempre está con los hombres y en todo lo creado, nunca descansa, pues, lo propio suyo es amarnos; querernos es su mejor ocupación. Y, aunque parece que se oculta en las dificultades y pruebas de la vida, Él siempre está firme a nuestro lado, ofreciéndonos ayuda y comunión, exigiéndonos confianza y amistad, ya que, lo único que pretende es salvarnos, que busquemos su cercanía, y saciar nuestra sed de infinitud.

                    Y, porque, a pesar de conocer su comportamiento, algunas veces desconfiamos de su poder y de su bondad, como ya lo hizo  el pueblo de Israel, que pecó y  se  desesperó en el desierto contra Yahveh, cuando con mano fuerte los sacó de la esclavitud de Egipto para conducirlos a la tierra prometida, imploramos su gran misericordia cantando el salmo 94, orando y meditando su contenido:

                    El salmo, que reproduce una liturgia profética, en su primera parte es un himno procesional, que los israelitas cantaban acompañado de vítores y músicas, mientras subían al Templo con actitud ferviente de adoración, propia de los que han puesto  su confianza, en Yahveh, y tienen la seguridad de que su fuerza y poder  les acompañará en todo momento:

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a La Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
vitoreándolo al son de instrumentos.

                    El celebrante, con voz vibrante y entusiasmada, invita a los fieles a entrar en el templo para alabar,  bendecir y proclamar con gozo a Yahveh; para escuchar su voz y para contemplar la gloria del que  siempre les protege, como pastor y guía del pueblo:

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

                    Los versos de la segunda parte del salmo son un oráculo divino, en el que, Yahveh, recuerda a los israelitas los episodios que vivieron sus antepasados en el desierto, cuando fueron probados porque les faltó el agua y pensaban que iban a morir de sed, diciéndose: ¿Está o no está el Señor en medio de nosotros? Pero, Dios, siempre fiel a sus promesas, calmó el ardor de sus bocas.

                    También el oráculo divino es una invitación a escuchar su voz, y a ser fieles a La Alianza que pactó con ellos, cuando los eligió pueblo suyo, entre todos los demás:

Ojalá escuchéis hoy su voz:
“No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Massá en el desierto,
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras”.

                    En los tiempos plenos que vivimos, mas que nunca, Dios está en medio de nosotros en la persona de Jesucristo, su Hijo querido, trasmitiéndonos su amor y salvación. Y el gran empeño de Cristo Jesús para todos sus seguidores, para los que intentamos vivir de la misma manera que Él vivió, es que, nunca nos sintamos sedientos, ya que Él es la fuente de agua viva, capaz  de saciar la sed y todos los deseos de felicidad y eternidad de los hombres; por eso  pudo decirnos: “... EL QUE BEBA DEL AGUA QUE YO LE DARÉ, NUNCA MÁS TENDRÁ SED: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”.

                    Y, Jesús, el que puede saciarnos en todo momento, humildemente se acerca a nosotros para pedirnos: “DAME DE BEBER”, es decir, calma mi sed con tú sed, y para ello dame tú sed de vida, de frescura, de salvación... y, solo así, quedará saciada tú sed y la mía; sólo así descansarás en mí y yo en ti, siempre, y para toda una eternidad.


                     Pero, también quiere Jesús, que mostremos a los demás nuestra sed y la de Él, sed de justicia, de liberación, de paz, de fraternidad; sed que va convirtiendo nuestro mundo en un vergel de flores frescas, regadas con las fuentes de agua viva que manan de su bondad, como será el bendito Reino de Dios, acogido por todos y para todos.