viernes, 17 de marzo de 2017

Domingo III de Cuaresma- A


                    DOMINGO  III  DE  CUARESMA - A

ESCUCHAREMOS TU VOZ, SEÑOR

Por M. Adelina Climent Cortés O.P.


                    Dios, siempre está con los hombres y en todo lo creado, nunca descansa, pues, lo propio suyo es amarnos; querernos es su mejor ocupación. Y, aunque parece que se oculta en las dificultades y pruebas de la vida, Él siempre está firme a nuestro lado, ofreciéndonos ayuda y comunión, exigiéndonos confianza y amistad, ya que, lo único que pretende es salvarnos, que busquemos su cercanía, y saciar nuestra sed de infinitud.

                    Y, porque, a pesar de conocer su comportamiento, algunas veces desconfiamos de su poder y de su bondad, como ya lo hizo  el pueblo de Israel, que pecó y  se  desesperó en el desierto contra Yahveh, cuando con mano fuerte los sacó de la esclavitud de Egipto para conducirlos a la tierra prometida, imploramos su gran misericordia cantando el salmo 94, orando y meditando su contenido:

                    El salmo, que reproduce una liturgia profética, en su primera parte es un himno procesional, que los israelitas cantaban acompañado de vítores y músicas, mientras subían al Templo con actitud ferviente de adoración, propia de los que han puesto  su confianza, en Yahveh, y tienen la seguridad de que su fuerza y poder  les acompañará en todo momento:

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a La Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
vitoreándolo al son de instrumentos.

                    El celebrante, con voz vibrante y entusiasmada, invita a los fieles a entrar en el templo para alabar,  bendecir y proclamar con gozo a Yahveh; para escuchar su voz y para contemplar la gloria del que  siempre les protege, como pastor y guía del pueblo:

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

                    Los versos de la segunda parte del salmo son un oráculo divino, en el que, Yahveh, recuerda a los israelitas los episodios que vivieron sus antepasados en el desierto, cuando fueron probados porque les faltó el agua y pensaban que iban a morir de sed, diciéndose: ¿Está o no está el Señor en medio de nosotros? Pero, Dios, siempre fiel a sus promesas, calmó el ardor de sus bocas.

                    También el oráculo divino es una invitación a escuchar su voz, y a ser fieles a La Alianza que pactó con ellos, cuando los eligió pueblo suyo, entre todos los demás:

Ojalá escuchéis hoy su voz:
“No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Massá en el desierto,
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras”.

                    En los tiempos plenos que vivimos, mas que nunca, Dios está en medio de nosotros en la persona de Jesucristo, su Hijo querido, trasmitiéndonos su amor y salvación. Y el gran empeño de Cristo Jesús para todos sus seguidores, para los que intentamos vivir de la misma manera que Él vivió, es que, nunca nos sintamos sedientos, ya que Él es la fuente de agua viva, capaz  de saciar la sed y todos los deseos de felicidad y eternidad de los hombres; por eso  pudo decirnos: “... EL QUE BEBA DEL AGUA QUE YO LE DARÉ, NUNCA MÁS TENDRÁ SED: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”.

                    Y, Jesús, el que puede saciarnos en todo momento, humildemente se acerca a nosotros para pedirnos: “DAME DE BEBER”, es decir, calma mi sed con tú sed, y para ello dame tú sed de vida, de frescura, de salvación... y, solo así, quedará saciada tú sed y la mía; sólo así descansarás en mí y yo en ti, siempre, y para toda una eternidad.


                     Pero, también quiere Jesús, que mostremos a los demás nuestra sed y la de Él, sed de justicia, de liberación, de paz, de fraternidad; sed que va convirtiendo nuestro mundo en un vergel de flores frescas, regadas con las fuentes de agua viva que manan de su bondad, como será el bendito Reino de Dios, acogido por todos y para todos.

sábado, 11 de marzo de 2017

Domingo II de Cuaresma- A


DOMINGO II DE CUARESMA - A
  
 QUE TU MISERICORDIA, SEÑOR, VENGA SOBRE NOSOTROS,  COMO LO ESPERAMOS DE TI

Por M. Adelina Climent Cortés  O.P.


                    La realización del plan salvador de Dios llevaba consigo la elección de un pueblo depositario de las promesas, cuya historia comienza con la vocación de Abraham, sujeto de la revelación amorosa de Dios para toda la humanidad: “Haré de ti un gran pueblo... Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo”.

                    Y, porque el plan de salvación, que Dios tiene para cada uno de los seres humanos, es fruto de su gran misericordia, como lo expresa el salmo 32; agradecidos,  cantamos este bello poema al Señor, con  sincero deseo  de alabarle  y bendecirle por la perfecta armonía de toda la creación.

                    En este salmo hímnico, con matices sapienciales, el orante ensalza con alegría exultante la sabiduría de Yahveh, el Dios trascendente, creador y providente, que gobierna con inteligencia, amor y coherencia, toda la creación, cantando su palabra y su acción salvadora, junto con su justicia y su misericordia:

La palabra del Señor es sincera
y todas sus acciones son leales;
él ama la justicia y el derecho,
y su misericordia llena la tierra

                    El salmista, como todo el pueblo de Israel, se siente feliz de tener un Dios, que siempre salva, que está pendiente de los que le aman y le invocan sinceramente y de todos los que, perteneciendo a su heredad, se saben elegidos con predilección y misericordia:

Los ojos del Señor están puestos en sus fieles,
en los que esperan en su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y reanimarlos en tiempo de hambre.

                    Del plan salvador de Yahveh, de su constante auxilio y protección, y de su misericordia que llena la tierra, brota la confianza del orante y del fervoroso israelita, que todo lo espera de su Dios;  por lo que, entusiasmado,  prorrumpe en cánticos y aclamaciones  de alabanza a su gloria:

Nosotros aguardamos al Señor:
Él  es nuestro auxilio y escudo;
que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti.

                    La realización del plan salvador de Dios; el comienzo de su caminar con los hombres en un diálogo de vida y de amor, culmina con la encarnación de su  Hijo Jesucristo, Palabra salvadora del Padre, por la que se hizo todo lo que existe. Y, Jesús,  nuestro Salvador, siempre fiel a las promesas de Dios para con los hombres, se hace presente entre ellos como Luz, transfigurándose en el Monte Tabor: “UNA NUBE LUMINOSA LOS CUBRIÓ CON SU SOMBRA”. Luz, que, con su resplandor ilumina las tinieblas del mundo, llenándolo de vida y bondad. También se manifiesta, como Revelación de su Verdad Evangélica, para todo ser humano, siendo guía y camino que conduce al Padre.

                    Y, la grandeza del cristiano,  su gran dignidad, le viene, lo mismo que al pueblo de Israel, de nuestra elección en Cristo Jesús; de haber sido destinados por la gracia de Dios a ser hijos y herederos de su amor; de manera que, todos los que creemos en Cristo Jesús, somos el nuevo pueblo de Dios, el pueblo de La Nueva y Eterna Alianza, llamado a dar testimonio de su salvación y, a ser, alabanza de su gloria.


                    Y, nuestro testimonio, en una sociedad tan obsesionada por la apariencia, por la adquisición de poder o por el deseo de poseer, pero hambrienta de verdad, de justicia y de amor, ha de consistir en  hacer creíble la luminosidad de JESUCRISTO, EL HIJO AMADO DEL PADRE, viviendo su misma vida de cruz y resurrección, y escuchando atentamente su palabra que lo irá transformando todo en la misma gloria que el Hijo tiene, junto al Padre, en  la eternidad del cielo.

viernes, 3 de marzo de 2017

Domingo I de Cuaresma-A


DOMINGO  I  DE CUARESMA - A

MISERICORDIA, SEÑOR, HEMOS PECADO

Por M.  Adelina Climent Cortés  O.P.


                    Yahveh, el Dios de La Alianza, el Dios que es compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad,  también es, el Dios que nos ama con locura y que, solo quiere para nosotros la vida, la paz, la gloria y la verdadera felicidad. Y con todo, es el Dios que, al mismo tiempo, exige de todos sus fieles lealtad y fidelidad a sus promesas de salvación, cosa difícil de conseguir si no es, con la ayuda de su Espíritu, que irá obrando en nosotros la verdadera conversión, la que nos purifica de nuestros pecados e infidelidades, hasta  renacer a una vida nueva de amistad y cercanía con Dios. Y, porque necesitamos su gracia para convertirnos de corazón, la imploramos cantando con sincero arrepentimiento el salmo 50.
                                                                                                 
                    Este salmo, que el autor  pone en boca de David, describe el desahogo individual de un pecador angustiado por los delitos cometidos. Al mismo tiempo, quiere ser expresión colectiva del pecado de todo un pueblo, que, en el exilio de Babilonia, reconoce haber sido infiel a La Alianza prometida con su Dios, Yahveh: 

Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa.
Lava del todo mi delito,
limpia mi pecado.

                    Yahveh, el Dios generoso y leal de La Alianza, solo espera del pecador, que, con actitud humilde y sincero arrepentimiento reconozca su culpa; pues “un corazón quebrantado y humillado nunca lo desprecia el Señor” y, también, porque su misericordia es grande y eterna, solo  quiere que el pecador se convierta y viva gozando de la alegría de su salvación:

Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado.
Contra ti, contra ti solo pequé,
cometí la maldad que aborreces.

                    En el interior del orante, resuena la promesa firme del Señor Yahveh, de hacer, con su pueblo, una Alianza Nueva, cambiando el corazón de piedra de cada uno de sus fieles por uno de carne, capaz de  amar con lealtad y de ser fiel al cumplimiento y observancia de la ley, como lo desea el Señor:

Oh Dios, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme,
no me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu.

                    Perdonado y acogido por la bondad y la misericordia de Yahveh, el pecador arrepentido, sintiéndose salvado, puede gozar de nuevo de la alegría y la amistad con su Dios, al que quiere dedicar toda  su vida para alabar y bendecir su santo nombre:

                  Devuélveme la alegría de tu salvación,
           afiánzame con espíritu generoso.
             Señor, me abrirás los labios,
y mi boca proclamará tu alabanza.

                    Dios, ha hecho a su Hijo, Cristo Jesús, solidario con la humanidad pecadora, para que, por medio de Él, alcancemos la justificación. Pues, habiendo  sido en su vida tentado como lo somos nosotros, es modelo y ejemplo de  penitencia, y de amor y fidelidad al Padre del cielo:

                    ”Vete, Satanás, porque está escrito: AL SEÑOR, TU DIOS, ADORARÁS Y A ÉL SOLO DARÁS CULTO. Entonces lo dejó el diablo, y se acercaron los ángeles y lo servían “

                    También es Jesús, el que nos mueve y empuja a vivir en constante espíritu de conversión, con el fin de que, practicando en esta vida la “justicia” estemos abiertos a su salvación, “PORQUE, DONDE CRECIÓ EL PECADO, MÁS ABUNDANTE FUE LA GRACIA”.


                    Y, para nosotros, los cristianos, la cuaresma ha de ser un camino de conversión y de sincera súplica por nuestros pecados y por los de la humanidad entera. Porque,  siguiendo a Cristo Jesús por el camino de la cruz, camino de entrega y de amor hasta su muerte y gloriosa Resurrección y  por la que es constituido por Dios autor de La Nueva y Eterna Alianza, llegaremos a la alegría gozosa de la pascua, y más definitivamente, a la resurrección  eterna, en la vida nueva y plena de la gloria del Padre.

viernes, 24 de febrero de 2017

Domingo VIII del T. O.-C


DOMINGO VIII DEL T. ORDINARIO - A 

DESCANSA  SÓLO  EN  DIOS  ALMA  MÍA

Por Mª Adelina Climent Cortés.

                    Entrañables y conmovedoras las palabras que el profeta Isaías atribuye Dios hablando a su pueblo: “¿Es que puede una madre olvidarse de su criatura, no conmoverse del hijo de sus entrañas? PUES, AUNQUE ELLA SE OLVIDE, YO NO TE OLVIDARÉ”.  Así, Dios, en su locura de amor, nos ama hasta el extremo, hasta amarnos, no solo como un padre, sino, también, como una madre, es decir, con entrañas maternas A este Dios que nos sorprende y deslumbra con su ternura y cariño, cantamos el salmo 61. Salmo sapiencial y meditativo, de confianza sin límites en el Señor, Yahveh, que afianza la fe y la seguridad del orante y de todo fiel cuando le invoca

                    Alabemos, pues, a este nuestro Dios, siempre tan amante y cercano a todos los hombres:
Sólo en Dios descansa mi alma,
porque de él viene mi salvación;
sólo él es mi roca y mi salvación,
mi alcázar: no vacilaré.

                    El salmista experimenta con gozo, que, en la medida que se abandona y descansa en su Dios, Yahveh, aumenta su fe y crece en esperanza y seguridad… Más, todo, es fruto de un don del mismo Dios y Señor, pues nunca se deja vencer en generosidad para los que, con humildad, le buscan sinceramente;

Descansa sólo en Dios, alma mía,
                                                  porque él es mi esperanza;
sólo él es mi roca y mi salvación,
mi alcázar: no vacilaré.

                    Este abandono en Dios, este vivir en Él y para Él, redunda en salvación y gloria para el salmista, porque lleva consigo una profundización en la fe, que el orante pregona con gozo y alegría a sus hermanos, a todo el pueblo de Israel, para que así, puedan experimentar la dicha de sentirse acogidos por Yahveh, siempre  fiel y leal, compasivo  para con todos los que le invocan:     

De Dios viene mi salvación y mi gloria;
él es mi roca firme,
Dios es mi refugio.
. Pueblo suyo, confiad en él
desahogad ante él vuestro corazón.

                    También Jesús, a todos los que intentamos seguirle, nos invita a confiar en  nuestro Padre Dios, pues, en su amor providente, se manifiesta defensor de los pobres, refugio de los débiles, esperanza de los pecadores. Un Padre, que  nos asiste y consuela en todas las necesidades y pruebas de la vida; que quiere, que pongamos el fundamento de nuestra existencia en  El y no en las riquezas de este mundo, pues, sólo Él, sabe lo que nos conviene y puede colmar los deseos  de nuestro  corazón.
                    
                    Así nos lo recuerda Jesús en el Evangelio de hoy  “Mirad a los pájaros: ni siembran, ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, VUESTRO PADRE CELESTIAL LOS ALIMENTA. ¿No valéis vosotros más que ellos? Y fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan  Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos.  Y, ¿no hará mucho más por vosotros?  SABE VUESTRO PADRE DEL CIELO QUE TENÉIS NECESIDAD DE TODO ESO”.

                    Y, así, cobijados bajo el cuidado y la protección de Dios, nuestro Padre,  y siendo generosos con los más menesterosos, sabiendo que todo lo necesario se nos dará por añadidura; desde nuestra fe y sincero agradecimiento, hemos de trabajar, con afán y solicitud, en la construcción de su reino en la tierra, Reino  de Verdad, de Justicia y de Amor, con el fin de  mostrar al  mundo su misericordia y salvación para con todos los hombres. Solo así,  podremos decir con el salmista:


DE DIOS VIENE MI SALVACIÓN Y MI GLORIA

viernes, 17 de febrero de 2017

Domingo VII del T. Ordinario


DOMINGO VII DEL T. ORDINARIO – A

EL SEÑOR ES COMPASIVO Y MISERICORDIOSO


Por Mª Adelina Climent Cortés  O.P.


                    Las lecturas bíblicas de este domingo nos hablan del DIOS AMOR. Del Dios que se nos revela como Amor porque es Amor y se goza en serlo. Así, su quehacer es AMAR, y amar sin medida a todos los hombres y a todo lo creado. Lo que existe, es fruto de su amor justo y benevolente.


                    A este Dios tan amante y generoso, que solo es feliz dándose, y deseando a la vez, que también nosotros, sus hijos, imitemos su manera de ser y comportarse, amando a todos como Él ama,  hasta  perdonar a nuestros enemigos; agradecidos le alabamos y ensalzamos con el salmo 102.   

                    Este hermoso poema, es un himno de acción de gracias, con enseñanzas teológicas y espirituales, de la época inmediata al posexílio. El salmista alaba y bendice a Yahveh y le da gracias porque ha descubierto que, su amor y su misericordia  son algo superior a todo lo demás,  sin comparación alguna; por lo que, solo en Él, se puede confiar plenamente: 

Bendice alma mía al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor
y no olvides sus beneficios.

                    El salmista, siempre agradecido, describe con belleza y hermosura  la misericordia de su Dios, pues, sintiéndose pecador ha sido perdonado, sanado, restablecido, lleno de esperanza y vigor; con ilusión de vivir para continuar alabando y bendiciendo su Santo Nombre:

El perdona todas tus culpas
y cura todas tus enfermedades;
El rescata tu vida de la fosa
y te colma de gracia y de ternura.

                    También, el salmista, llevado de la fe en su Dios Yahveh, puede reconocer los beneficios de su clemencia y  misericordia, otorgados a Israel, su pueblo escogido: olvidando sus pecados de ingratitud e infidelidad a La  Alianza establecida entre ambos. Pues, en su justicia, siempre es fiel, amante y benigno:

El Señor es compasivo y misericordioso,
lento a la ira  rico en clemencia.
No nos trata como merecen nuestros pecados,
ni nos paga según nuestras culpas.

                    Con su misericordia y perdón, fruto de su paternal ternura y  amor, Yahveh, aleja tanto de sí,  los delitos de los fieles cometidos contra su bondad,  que quedan completamente olvidados y  como si nunca hubieran existido; sanando, de esta manera, todo corazón quebrantado y contrito:

Como dista el oriente del océano,
así aleja de nosotros nuestros delitos;
como un padre siente ternura por sus hijos,
Siente el Señor ternura por fieles.

                    Y, como el amor de Dios nos invita a que nosotros amemos de la misma manera,  la primera lectura bíblica, de La Misa, nos habla, también, de este AMOR DIVINO y compasivo,  cuando Yahveh dice a los hijos de Israel en la asamblea: “Seréis santos, porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo”. “No odiarás de corazón a tu hermano”. Y, también,  “No te vengarás ni guardarás rencor a tus parientes,  sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lv, 19).

                   Y,  con más exigencia aún, en el Evangelio es Cristo Jesús el que nos invita, desde el amor,  a obrar con misericordia y compasión para SER PERFECTOS COMO VUESTRO PADRE CELESTIAL ES PERFECTO: rechazando toda violencia y venganza,  perdonando los agravios, dando  prestado al que lo pide…

                    “Habéis oído que se dijo: -Amarás a tu a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo, Yo, en cambio, os digo: AMAD A VUESTROS ENEMIGOS, HACED EL BIEN A LOS QUE OS ABORRECEN Y REZAD POR LOS QUE OS PERSIGUEN Y CALUMNIAN. Así seréis hijos de vuestro padre que está en el Cielo” (Mt. 5)

                    Y si, en La Eucaristía, el pan de La Palabra nos instruye sabiamente sobre la grandeza y hermosura del AMOR; también,  comiendo el Pan  de La Mesa, su Cuerpo y su Sangre, en comunión con Jesús que nos hermana haciéndonos Hijos de Dios, podremos vivir y realizar este amor compasivo y misericordioso, que ha de redundar en gloria y alabanza a nuestro PADRE DIOS en la plenitud de su REINO.

viernes, 10 de febrero de 2017

Domingo VI del T.O. -A


DOMINGO VI DEL T. ORDINARIO - A
  
DICHOSOS LOS QUE CAMINAN
EN LA VOLUNTAD DEL SEÑOR

Por Mª Adelina Climent Cortés  OP.

                   
                    Caminar en la voluntad del Señor es vivir en senderos de justicia y misericordia que conducen al gozo y, a la felicidad de La Vida Eterna.

                     Es nuestro Dios, el  que tanto nos ama y conoce todas nuestras obras, el que nos instruye y alienta por mediación de La Escritura, y el que, en su sabiduría, nos quiere conducir libremente  por el camino del bien y de la rectitud para que hagamos  siempre su voluntad. A este, nuestro Dios, le aclamamos y bendecimos cantando el salmo 118. Salmo, de la época del posexílio y de estilo sapienzal,  pero que, a la vez contiene otros géneros literarios. El autor orante, recita y ama la ley de su Dios Yahveh, fuente de felicidad, dicha  y alegría, para el hombre que la hace vida de su propia vida:

Dichoso el que con vida intachable
camina en la voluntad del Señor;
dichoso el que guardando sus preceptos
lo busca de todo corazón

                    Más, observar los decretos del Señor, cumplir sus consigas, es fruto de La Escritura, fuente de una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria:
 
                                                  Tú promulgas tus decretos
para que se observen exactamente;
¡ojalá esté firme mi camino
para cumplir tus consignas!

                    Por ser  inmensa la sabiduría del Señor Yahveh, y grande su bondad y poder, pues lo ve y lo abarca todo con amor y suavidad, el orante pide su valiosa ayuda, para poder cumplir y contemplar las maravillas de su volunta:

                                                 Haz bien a tu siervo: viviré
y cumpliré tus palabras;
ábreme los ojos y contemplaré
las maravillas de tu voluntad

                    Así, escogiendo libremente lo bueno, y siendo siempre responsables de nuestros actos, según la ley del Señor, aspiramos a la dicha del cielo, donde “ni el ojo vio, ni el oído vio, ni hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman”.

Muéstrame, Señor, el camino de tus leyes
y lo seguiré puntualmente;
enséñame a cumplir tu voluntad
y a guardarla de todo corazón.

                    También, el evangelio de hoy nos muestra que Jesús, Palabra de Dios, el Verbo encarnado, el que nos revela mejor que nadie la voluntad del Padre, por ser el camino que conduce a Él, viene a perfeccionar y dar  sentido, por la fuerza de su GRACIA,  a los mandamientos de la ley.  Por lo que, la fe en Cristo Jesús y bajo el impulso del Espíritu, el cristiano, libremente, ha de aprender a escoger aquello que dará plenitud a toda su vida como hijo de Dios, y que le ayudará a conseguir la  salvación eterna, la dicha que nadie puede imaginar ni tampoco arrebatarle.

                    Por eso, la verdadera ley cristiana  es el  AMOR, pues, “AMAR ES CUMPLIR LA LEY ENTERA”: un amor a Dios sobre todas las cosas y a los hermanos, especialmente a los más pobres y necesitados, a los que más sufren. Y, esta es, una LEY interior que nos hace libres y nos capacita para ejercer la caridad:

                     “Si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano”


                    LEY, que ha de llegar a  ser la delicia de todos los hombres seguidores de Jesús, realizadores de su reinado de justicia y de paz en la tierra; tarea esta, que solo conseguiremos llevarla a  plenitud en comunión con Él desde la mesa eucarística del Pan y de La Palabra.

viernes, 3 de febrero de 2017

Domingo V del T.O.- A


DOMINGO V DEL T. ORDINARIO - A
  
EL JUSTO BRILLA EN LAS TINIEBLAS COMO UNA LUZ

Por M. Adelina Climent Cortés O.P.


                    La maravillosa promesa salvadora de Dios, exige una respuesta de fidelidad por parte del hombre y un compromiso de vivir en justicia, es decir, en el fiel cumplimiento de los mandatos de la ley, y en la práctica del amor misericordioso, sobre todo, con los más pobres y sencillos, que son los más amados de Dios y los que, con seguridad, poseerán su Reino. Y, esta respuesta que Dios espera de todo hombre, la decimos cantando el salmo 111, con el fin de alabar y glorificar su Nombre.
                    Estamos ante un poema que tiene su origen  en los comienzos del exílio y que, con  estilo sapiencial, elogia la firmeza y lealtad de la vida del justo que, llevado de la amistad  con su Dios, Yahveh, participa de su misma bondad compasiva, hasta llegar a transformarse en luz que brilla en lo alto sobre toda oscuridad, y que ilumina, con su claridad, la vida de todos los demás. Lo mismo anuncia el profeta Isaías, cuando anima  a sus oyentes a obrar justamente con los más menesterosos, precisamente, en los momentos de suma dificultad y desánimo que atravesaba el pueblo de Dios: “ENTONCES ROMPERÁ TU LUZ COMO UNA AURORA”

En las tinieblas brilla como una luz
el que es justo, clemente y compasivo.
Dichoso el que se apiada y presta
y administra rectamente sus asuntos.

                    La bendición de Yahveh está sobre el justo, que solo desea vivir en su amor y cercanía,  y buscando su apoyo y fortaleza, para poder expresar su fe en todo lo que hace, sin temor a lo adverso y dificultoso. Y, porque su comportamiento es honrado, sereno y ejemplar, es admirado por los demás, que siempre le recordarán  con cariño:

El justo jamás vacilará,
su recuerdo será perpetuo.
No temerá las malas noticias,
su corazón está firme en el Señor.

                    Sigue cantando el salmo, la gran dicha  que experimenta el justo, por tener un corazón generoso y solidario con los más pobres y necesitados, con los que reparte  de lo suyo propio, pudiendo participar, así, de la misma bondad salvadora de Yahveh y de su gran misericordia con los más desposeídos:

Su corazón está seguro, sin temor,
reparte limosna a los pobres,
su caridad es constante, sin falta,
y alzará la frente sin dignidad.
                  
                    Para nosotros, los cristianos, el Justo por excelencia es Cristo Jesús, nuestro salvador, que pudo decir ante sus seguidores: “YO SOY LA LUZ DEL MUNDO. EL QUE ME SIGA NO CAMINARÁ EN LAS TINIEBLAS; SINO QUE TENDRÁ LA LUZ DE LA VIDA”. Y, que, también, en otra ocasión se atrevió decir a sus seguidores: “VOSOTROS SOIS LA LUZ DEL MUNDO”, ya que, al igual que Él, estamos llamados a anunciar la buena noticia de la salvación a los pobres y a ser testigos de su Evangelio.

                    Pero, este deseo de Jesús, solo  llegará  a ser realidad, si como fruto de nuestro  vivir cotidiano, en justicia y verdad, logramos que nuestra fe, sea un compromiso auténtico con los más débiles y desvalidos, con los que más necesitan la ayuda de todos, con los que mejor podemos ejercitar nuestra misericordia como auténticos hijos de Dios, llamados  a ser perfectos y a participar de su bondad.

                    Y, tomar partido por los más pobres, por los que pasan hambre, es estar dispuestos a vivir en solidaridad con ellos, repartiendo de lo propio; es decir, de lo que nos sobra, que es mucho, y, también, de lo que nos hace falta, pero no tanto como a ellos,  que carecen de lo esencial hasta no tener con qué vestirse y  poder morir de hambre.


                    Y, solo cuando actuemos así, seremos, como Jesús, luz para el mundo, porque “ENTONCES ROMPERÁ TU LUZ COMO LA AURORA”, la luz salvadora de Dios que hay en nosotros, y que, transformará   nuestro mundo en su futuro Reinado.