viernes, 13 de septiembre de 2019

Domingo XXIV del T.O.-C



DOMINGO XXIV DEL

T. ORDINARIO - C

  ME PONDRÉ EN CAMINO
ADONDE ESTÁ MI PADRE

Por Mª Adelina Climent Cortés  O.P.


                    Nos da ocasión la liturgia de hoy, para reconocer, que son muchos los modos que tenemos para alejarnos de los caminos de Dios. Caminos que son siempre de misericordia y de bondad para nosotros,  y en los que Él  nos espera, con los brazos abiertos de Padre, para llenarnos del  gozo de su ternura.

                    Junto al  Sinaí, en pleno desierto, el pueblo de Israel, que había sido liberado de la esclavitud de Egipto, se aparta de Dios haciendo lo que no le agrada.  Moisés, abatido, expresa sus sentimientos de dolor a Yahveh, por el pecado de su pueblo; y, a Moisés, se une  la asamblea de los fieles, con humilde sinceridad, rezando el salmo 50, pues, todos nos sentimos pecadores: “Ten piedad de nosotros Señor”

                    Estamos ante el salmo 50, salmo penitencial por excelencia. Expresa el dolor, la angustia  y el desahogo de un pecador, que busca por encima de todo reconciliarse con Dios. Y, a la vez, es expresión colectiva del pecado de todo un pueblo, en este caso Israel, que al apartarse de Dios rompe con La Alianza, aunque no es así por parte del Señor Yahveh.

                    Redactado en los tiempos del posexílio, derribadas ya las murallas de Jerusalén, el inspirado autor lo pone en boca de David, cuando después de su pecado con Betsabé le visitó el profeta Natán. Se trata, pues,  de un salmo de súplica estructural,  que todos podemos hacer nuestro,  para hablar con Dios de nuestra insinceridad y de nuestro pecado y poder ser perdonados por Él, participando otra vez  de su inmensa alegría.

                    El principio del salmo, que es precioso, nos ayuda a dirigirnos   confiadamente a nuestro Padre Dios;  porque, lo único que quiere y lo que más le importa a Él, es llenar nuestro mundo de su misericordia y de su  bondad. La fidelidad del Señor es tan  grande, que, llenándolo todo, puede hacer que desaparezcan nuestras iniquidades y rebeldías. Solo se requiere, de nuestra parte, un reconocimiento humilde y una conversión sincera de corazón: 

Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa.
Lava del todo mi delito,
limpia mi pecado.

                    Seguimos pidiendo a Dios un corazón limpio, que sepa responder a la fidelidad de Yahveh en La Alianza.  Y, cuando esta actitud es sincera en el hombre, el Señor, mediante el perdón, es capaz de renovarnos interiormente, de modo que, podemos pasar a ser una nueva creación, siendo las criaturas nuevas, que harán realidad la gozosa novedad del Reinado de Dios, fruto siempre, y principalmente, de su amor y perdón: 

Oh Dios, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme;
no me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu.

                    El salmista, que ha reconocido con humildad su pecado y ha buscado el perdón de Yahveh, se experimenta, de nuevo,  tan cerca y querido de Él,  como lo estaba antes. Así, todo sigue de nuevo su camino, el  de la salvación;  o todo vuelve a empezar, porque el amor de Dios no había terminado, pues el Señor no deja de amar nunca, ya que, su misericordia durará por siempre jamás. Pero la renovación del corazón, que lleva consigo este nuevo acercamiento a Él,  es más plena y hermosa, ya que,  devuelve  la alegría nueva de la salvación con mayor intensidad y originalidad:

Señor, me abrirás los labios,
y mi boca proclamará tu alabanza.
Mi sacrificio es un espíritu quebrantado,
un  corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias.

                    Dios, no nos desprecia nunca,  al contrario, nos quiere con locura y siempre está esperando, que en toda tribulación y desasosiego, en todas lucha, dolor o pecado, inmediatamente podamos dirigirnos a Él con sinceridad y con renovada alegría:

                    “ME PONDRÉ EN CAMINO ADONDE ESTÁ MI PADRE”

                     CON LA SEGURIDAD DE QUE, NOS RECIBIRÁ CON UN ABRAZO DE AMOR, GOZOSO Y ETERNO, FRUTO DE SU GRAN MISERICORDIA.

viernes, 6 de septiembre de 2019

Domingo XXIII del T.O.-C



DOMINGO XXIII DEL T. ORDINARIO - C

SEÑOR, TÚ HAS SIDO NUESTRO REFUGIO
DE GENERACIÓN EN GENERACIÓN

Por Mª Adelina Climent Cortés  O P.

                    Nos acogemos al Señor, “nuestro refugio”, porque de esta manera  le  seguimos mejor, estando y viviendo con Él, hasta hacer nuestra su salvación. Y, si nos queremos acoger a  Él,  es porque, tenemos la seguridad de que nunca nos deja solos en el camino de la vida,  y porque es,  nuestro mejor compañero de viaje,  el que más se preocupa de lo nuestro, de que seamos felices.  Nos ha dado la vida, como su  mejor regalo, para que la gocemos en plenitud; y, lo mejor que  podemos  hacer, es reconocer, con agradecimiento, el amor tan inmenso que nos tiene a todos y a cada uno en particular y confiar siempre en que, su ayuda,  nunca nos faltará.

                    El salmo 89, que es un salmo sapienzal, nos pone alerta sobre la brevedad de la vida humana y nos urge a pedir a Yahveh, el Señor, la auténtica Sabiduría, LA SABIDURÍA DEL CORAZÓN, que es la que nos puede hacer felices y llenarnos de consuelo, porque es, la que viene del ESPÍRITU SANTO, la que procede del Cielo.

                    Si la sabiduría humana del salmo, que surge de la cultura griega, nos señala la brevedad y caducidad de la vida. La sabiduría de Dios, la sabiduría bíblica, nos muestra los caminos seguros,  rectos y salvadores, que nos  conducen al Señor, al Dios que siempre nos ama, y que,  buscando nuestro bien,  nos va familiarizando con su misma manera de pensar y sentir,  la que nos enseña a mirar  al cielo,  donde todo es y será  eterno, glorioso y feliz:
  
Tú reduces al hombre a polvo,
diciendo: “Retornad,  hijos de Adán”
Mil años en tu presencia
son un ayer, que pasó,
una vela nocturna.

Los siembras año por año,
como hierba que se renueva;
que florece y se renueva por la mañana,
y por la tarde la siegan y se seca.

                    El salmista, se  dirige ahora a Yahveh, de una manera muy sensata, pidiéndole  les enseñe lo que solo Él conoce mejor,  y, de esta manera, sabrán  cómo  agradarle y cumplir su voluntad como lo desea siempre. Y, le recuerda, a la vez, que no deje de ser “nuestro refugio” y guía, ya que los israelitas, y todos  nosotros, nos sentimos movidos por una presencia que nos sobrepasa, y que es, SU ESPÍRITU,  el que nos ha de  guiar  y acompañar siempre:            

Enséñanos a calcular nuestros años,
para que adquiramos un corazón sensato.
Vuélvete, Señor, ¿hasta cuando?
Ten compasión de tus siervos.

                    Y, de manera más sencilla y práctica, recuerda el salmista a Yahveh, lo que desea haga siempre con ellos, que  es,  llenarlos de su misericordia, para estar repletos del gozo divino desde la mañana y poder manifestarle, durante el día, la dicha de pertenecerle,  ya que, la bondad de Dios da plenitud a las obras que realizan:  

Por la mañana sácianos de tu misericordia,
y toda nuestra vida será alegría y júbilo;
baje a nosotros la bondad del Señor
y haga prósperas las obras de nuestras manos.


                   Y, todos  nosotros, los cristianos, continuamos  caminando con Dios,  en el seguimiento de Cristo Jesús, que, también requiere esfuerzo y está lleno de dificultades y exigencias. Pero, ésta es,  nuestra única y principal tarea,  de manera que, todo lo demás, para el cristiano,  ha de  quedar relegado a segundo término.

                    El seguimiento de Cristo Jesús nos ha de ayudar a intentar vivir la vida de la misma manera que él la vivió: agradando al Padre, cumpliendo hasta el extremo su voluntad; y, en segundo lugar,  haciendo de su vida una entrega llena de amor y de servicio a los demás, con especial atención a los más sencillos y necesitados. Y todo esto, que nos puede acarrear sufrimiento y fracaso, y de hecho así es, ha de ser  aceptado con agrado, porque únicamente, de esta manera,  podremos cargar con su cruz,  la de Cristo Jesús, y aliviar su sufrimiento:

                    “QUIEN NO LLEVE SU CRUZ DETRÁS DE MÍ, NO PUEDE SER DISCÍPULO MÍO”

                   También, con nuestro testimonio de vida,  hemos de ser  motivo de atracción, para que otros puedan unirse a Cristo Jesús y acoger su salvación, haciendo de ella su felicidad, ya que, viviendo en su seguimiento, nos vamos transformando en Él, llevando a plenitud el mismo Reino de Dios, donde será el   gozo y la vida eterna.

viernes, 30 de agosto de 2019

Domingo XXII del T. O. -C



DOMINGO XXII DEL T. ORDINARIO - C

HAS PREPARAD0,  SEÑOR,
TU CASA A LOS DESVALIDOS

Por Mª Adelina Climent Cortés  O P.


“Porque es grande la misericordia de Dios,  revela sus secretos a los humildes”
                   
                     Que coherencia tan grande, la de Yahveh, en su manera de ser y de actuar en los acontecimientos históricos del pueblo. Lo vamos a descubrir, admirablemente, en el salmo que hoy le dedicamos y cantamos.

                    Es el salmo 67. Un bonito y profundo poema que, además de cantar la bondad de Dios, siempre caminando con los hombres, para conocer sus necesidades y remediarlas con su misericordia, también nos ayuda,  a poner en práctica las enseñanzas del Eclesiástico, esos valores que contienen una sabiduría práctica y eficaz, para el bien vivir. Sabiduría, que nos ayudará a descubrir sus designios, y a interpretar su voluntad.  Es decir, es la sabiduría que nos conduce a la verdadera salvación.

                    Este salmo es un himno al  Dios vencedor; al Dios que va siempre delante del pueblo y le acompaña,  con su misericordia,  desde el Sinaí, por el largo desierto, hasta alcanzar la tierra prometida...  Este poema recoge las vivencias y la delicadeza de sentimientos, que tiene Yahveh con su pueblo, al que siempre conduce con amor y desvelo durante toda su historia, comunicándole su espíritu, para que pueda ir haciendo  suya su misma manera de vivir... Y, más tarde, es el que le acompaña y guía en la marcha triunfal, desde el destierro de Babilonia hasta la propia patria, la que será restaurada, pudiendo establecerse en el templo, la morada de la  gloria de Yahveh y la sede de su gran  excelsitud.

                    Y, acompañar a Yahveh en las empresas que realizaba junto con su pueblo, a pesar de las dificultades inherentes, sería, para todo israelita, un motivo de alegría y de cantos de gratitud:  

Los justos se alegran,
gozan en la presencia de Dios,
rebosando de alegría.
Cantad a Dios, tocad en su honor,
alegraos en su presencia.

                    Las relaciones del Dios de La Alianza, con el pueblo elegido, tan llenas de misericordia y bondad, se van transformando en  paterno –filiales,  y, con atención más esmerada a los necesitados, a los que, Yahveh, cuida con mayor desvelo e interés:

Padre de huérfanos,
protector de viudas
Dios vive en su santa morada.
Dios prepara casa a los desvalidos,
libera a los cautivos y los enriquece.

                    Esta protección paternal de Yahveh no cesó  nunca, pues, fue  derramando en su heredad la lluvia copiosa de sus bendiciones, fruto, siempre, de su gran misericordia, la que, con amor, lealtad y fidelidad, les irá  conduciendo hasta la culminación gozosa de una filiación siempre más divinizada:

Derramaste en tu heredad, oh Dios, una lluvia copiosa,
aliviaste la tierra extenuada;
y tu rebaño habitó en la tierra
que tu bondad, oh Dios, preparó para los pobres.

                    Los que creemos en Cristo Jesús, nosotros,  ya  hemos llegado a la plenitud de Hijos. Ahora, comprendemos mejor los esfuerzos de un Dios Padre, todo amor y misericordia, que no cesa de conducirnos con sabiduría  en este caminar hacia la  filiación gozosa y definitiva, con la experiencia, además, de sentimos ya hijos suyos, pudiéndole llamar Padre.

                    Nuestro Dios, es un Padre que nos ama a todos; pero, sabemos que  tiene especial predilección por los más pobres y desvalidos, y desea, que todos nos  volquemos hacia ellos en atenciones y favores.

                    En su Hijo Jesús nos recuerda en el evangelio: “Cuando des un banquete, invita a los pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; TE PAGARÁN CUANDO RESUCITEN LOS JUSTOS.

                    Tampoco le gustan las diferencias tan grandes y notorias que existen en nuestro mundo, y también nos invita a trabajar y  luchar para que desaparezcan, y  así,   todos los hombres, todos hijos suyos, podamos vivir con la dignidad debida; pues, este sentirnos hijos de Dios, nos ha de mover a vivir su misericordia, su bondad y su amor, hasta conseguir que, además de la igualdad y la prosperidad para cada hombre,  nuestro mundo, sea mejor y más agradable para todos.

viernes, 23 de agosto de 2019

Domingo XXI del T. O.-C



DOMINGO XXI DEL T. ORDINARIO - C

ID  AL  MUNDO  ENTERO,
Y  PREDICAD  EL  EVANGELIO


Por M ª Adelina Climent Cortés  O. P.


                    El  Evangelio de Dios contiene un destino universal: la salvación para todos los hombres, en Cristo Jesús. Y las lecturas  bíblicas, que insisten en lo  mismo dicen, que el Reino de Dios está abierto a todos los pueblos, razas y culturas; lenguas y civilizaciones, sin distinción alguna. Como punto central de estas lecturas  tenemos el salmo ll6, que, recogiendo la corriente más universalista del Antiguo Testamento,  dimana  su energía, que irradia y quiere llenar de vida y salvación   a toda la humanidad, hasta que sea realidad plena la promesa que Dios hizo a Abrahán: ”POR  TI  SERÁN  BENDECIDAS  TODAS LAS  NACIONES  DE  LA  TIERRA”. 

                    Este poema, tan breve,  conocido como el salmo 116, es un canto hímnico de  alabanza gozosa,  por estar compuesto de un vibrante invitatorio, que forma  la primera parte, y, por el cuerpo del salmo, que es la segunda. El invitatorio va  dirigido  a todas las naciones y pueblos del orbe y es UNA  LLAMADA UNIVERSAL A LA ALABANZA, y, también es una profesión de la fe,  con acción de gracias a Yahveh, el Dios que, con  su amor y fidelidad, ama sobremanera a Israel, su pueblo elegido,  y desde  él a toda la humanidad sin excepción alguna.  Y tal es así,  que  no puede haber otro Dios que se le pueda  comparar,  ya que, con su amor y fidelidad  lo abarca y sostiene todo, “de oriente a occidente y del el norte al sur”, pues todo  es suyo,  creado de la nada para el bien de la humanidad: “…y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios”.

                    También es un canto de alabanza, en el que se da gracias a Dios por las muchas bendiciones, con las que constantemente nos enriquece, ya que, por nuestra parte,  no podemos alcanzar la salvación  plena a la  que nos ha predestinado, en su hijo Cristo Jesús:

Alabad al Señor todas las naciones,
aclamadlo todos los pueblos.


                    Este  himno corto y a la vez tan gratificante, que, con júbilo, le cantamos al Dios del universo,   es un  salmo de los tiempos posteriores al exilio. Lo cantaron por primera vez los israelitas cuando se fijaron  en las hazañas que Yahveh, durante la historia, había realizado para salvar a Israel de los muchos enemigos que siempre ha tenido a su alrededor.  Y, porque, de nuevo, los israelitas  se  sentían liberados de la esclavitud de los Babilonios, y libres para emprender el regreso a la patria de todos y  reconstruirla.

                    Esto, además,  les daba la plena seguridad, de  que, si Yahveh, el Dios de Israel,  siempre se había comportado así con ellos, de igual manera lo seguiría haciendo  hasta el final de los tiempos. Y, más aun, llegaron a pensar, también, que hasta los mismos paganos, en tantas ocasiones testigos presénciales de los éxitos y las victorias del Señor con su pueblo, llegarían a convertirse a él,  y que, de esta manera, realzarían, mas aún, la gloria, el esplendor y la  majestad de este Dios, que, precisamente es tan grande, por ser expresión de su amor y fidelidad para con todos: 

Firme es su misericordia con nosotros,
su fidelidad dura por siempre.

                     “Id al mundo y predicad el evangelio”. Es la antífona que siempre suele acompañar a este salmo de alabanza, muy cantado en el oficio  de  Laudes, con la alegría y regocijo que irradia. Hay que tener siempre presente su visión escatológica. El salmo y su antífona son un excelente anuncio evangélico con miras universales.

                    Y, todos los cristianos, al igual que el pueblo de Israel, debemos sentirnos elegidos para esta predicación evangélica, que ha de lograr, por encima de todo, que las personas, todo ser humano,  se sienta ya salvado, enraizado en Dios y viviendo, desde este momento, como un ser nuevo,  que ha logrado hacer  realidad la escatología que incluye el salmo: “... ACOGE  A  LOS  GENTILES  PARA  QUE ALABEN  A  DIOS  POR  SU  MISERICORDIA”  (Rm 15, 8.9)

                    La vocación misionera de todo cristiano es algo a lo que nos debemos dedicar, con todas las energías posibles, asimiladas en la oración e intimidad con Dios,  para que, todo hombre, pueda saber y conocer, con experiencia gozosa, que es hijo de Dios y que su Padre es el Dios que los ama y nunca deja de amarlos  con su infinita misericordia; y que, siempre es fiel, como nadie lo puede ser en esta vida, porque su bondad  no tiene medida. Es el Padre de todos, que solo  busca y quiere nuestra unidad y fraternidad, la de todos los hombres,  pueblos y culturas, para tenernos reunidos en su reino y  participar del banquete de bodas que tiene preparado para todos:

                    “Y vendrán de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur y SE  SENTARÁN  A  LA  MESA  EN  EL  REINO  DE  DIOS”

                    Más, lo único que  nos exige es un amor mutuo, entregado  y comprensivo,  que nos mantenga unidos  y en comunión de Vida, de manera  que, impida de una vez para siempre, que se levanten entre nosotros muros ni fronteras, ni venganzas ni odios, que nos puedan dividir y separar de esta vida trinitaria, que hemos empezado a tener ya,  con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. AMEN.

viernes, 16 de agosto de 2019

Domingo XX del T. O. -C



DOMINGO XX DEL T. ORDINARIO - C

SEÑOR, DATE PRISA EN SOCORRERME

Por Mª Adelina Climent Cortés  O.P.


                    Muchas veces nos dirigimos a Dios de manera exigente cuando nos vemos apurados, fruto de una sincera confianza en su bondad y misericordia, y seguros de que, siempre nos tiene que atender y bendecir, pues, nuestro Dios,  es un Dios que siempre salva. Tanto es así que, cuando nos vemos en peligro, recurrimos al salmo 39 y le decimos sinceramente: “Señor, date prisa en socorrerme”.

                    Este poema, es un salmo mixto. La primera parte, la que hoy más comentamos, es un himno sálmico,  de acción de gracias, y la parte final es una súplica individual. Escrito en la época del exílio, nos acerca a la situación de Jeremías hundido en el lodo del aljibe, y a todo su sufrimiento. Pero sobre todo, nos habla el salmo, de la esperanza inquebrantable del profeta en, Yahveh, al que ha servido con generosidad y valentía, 

                    Comienza el salmo narrando una magnífica intervención salvadora de Yahveh a favor del salmista:

Yo esperaba con ansia al Señor;
él se inclinó y escuchó mi grito.

                    Nuestro Dios, que siempre nos salva, permite que pasemos por ciertas experiencias dolorosas, para que, sufridas con amor, nos puedan conducir a una sincera vida de alabanza al Señor y a pregonar y proclamar la salvación que nos viene de Él.

Me levantó de la fosa fatal,
De la charca fangosa;
afianzó mis pies sobre roca
y aseguró mis pasos.

                    Siempre que se experimenta la salvación de Dios; su vida de amor en nosotros; el cumplimiento mutuo de la alianza de amor y fidelidad establecido entre Dios y su pueblo, Yahveh, el Señor, pone en la boca del salmista, y, en las de los que se unen a él, un cántico nuevo, una alabanza y una bendición más sublime, con más contenido espiritual,  de manera que, al escucharla, sobrecoge e invita a una mayor confianza y a un amor más sincero y fiel:

Me puso en la boca un cántico nuevo,
un himno a nuestro Dios.
Muchos al verlo quedaron sobrecogidos
y confiaron en el Señor.

                     El salmista, que reconoce con sinceridad su pobreza, sabe que, con su  Dios, Yahveh, lo tiene todo y esto le llena de alegre y sincera confianza, hasta poder exclamar: ¡Cuantas maravillas has hecho Señor, Dios mío! cuantos proyectos para nosotros. No hay nadie como tu, ni nadie que se te pueda comparar:

Yo soy pobre y desgraciado,
pero el Señor se cuida de mí;
 tú eres mi auxilio y mi liberación,
Dios mío, no tardes.

                    Ahora, ya estamos curados por aquel  que nos ama y que tiene la salvación plena para nosotros. Pero, antes, como Cristo Jesús, hemos de hacerla nuestra, con esfuerzo y valentía, entregando nuestra vida por los demás, como Él lo hizo por nosotros en la cruz, como  lo recuerda el Evangelio:

                    “TENGO QUE PASAR POR UN BAUTISMO, ¡Y QUÉ ANGUSTIA HASTA QUE SE CUMPLA!”

                    El sufrimiento, nos va asemejando a nuestro Salvador y nos une a los hombres como hermanos y seguidores de Él, hijos todos de nuestro Padre Dios. Y nuestra misión es ser auténticos seguidores de Cristo Jesús, viviendo nuestro cristianismo de manera profética, con exigencia, denunciando lo malo, para que pueda aflorar lo bueno y virtuoso y, esto, no es tarea fácil, sino que cuesta lo suyo.

                   Es pretender desenmascarar la falsa paz en la que puede ocultarse la ambición, el desorden y el demasiado bienestar en que vivimos, dando lugar a las grandes diferencias sociales que provocan guerras y terrorismo. En cambio, hay que hacer surgir la vida de Dios que nos va salvando y regenerando; la vida que siembra esperanza en todos. Y, todo este esfuerzo y abnegación nos llevará, con Cristo Jesús, a alcanzar en plenitud la felicidad de la promesa, la vida eterna.

miércoles, 14 de agosto de 2019

Solemnidad de la Asunción de la Virgen María



LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA
(Misa del día)

DE PIE A TU DERECHA ESTÁ LA REINA,
ENJOYADA CON ORO

Por Mª Adelina Climent Cortés  O.P.


                    ¡Alegrémonos! ¡HOY MARÍA HA SUBIDO AL CIELO COMO REINA  Y MADRE! Y su glorificación abre un camino de optimismo y esperanza a toda la humanidad. ¡Alegrémonos! Porque es día de fiesta grande,  ya que celebramos LA VICTORIA DEL RESUCITADO, CRISTO JESÚS; la de su MADRE, LA VIRGEN MARÍA, fruto y primicia de la redención; y también,  la fiesta de todos nosotros, los cristianos y la de todos los hombres, destinados a gozar, como María Virgen, de la misma plenitud y gloria.

                    La Iglesia, en la liturgia eucarística, ora a MARÍA REINA DEL CIELO Y DE TODO LO CREADO, con el salmo 44, considerado como un “salmo real”. Este salmo, en forma de “cántico nupcial”, relata las bodas del hijo del rey con una princesa extranjera. Y se  aplica, a María Virgen, el entusiasmo, la admiración y los deseos que el cantar dice de la novia, vestida de banco y adornada con preciosas joyas:      

Escucha, hija, mira: inclina el oído,
olvida tu pueblo y la casa paterna.

Prendado está el Rey de tu belleza,
póstrate ante él, que él es tu Señor.

Las traen entre alegría y algazara,
van entrando en el palacio real.

                    Rezando a María con este salmo, se nos invita a recordar y reconocer los títulos que la acreditan y engalanan como Reina, Señora y Madre de todos los vivientes:

                    El de MADRE DE DIOS, por su entrega y disponibilidad en acoger y gestar al Verbo divino, Jesucristo el Señor: “Hágase en mí según tu palabra” Privilegio divino, que supo compartir con su amor y ayuda a los demás. Es su prima Isabel la que, reconociéndolo, la alaba y ensalza: “¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?” Y, a continuación: “Dichosa tú que has creído”.
        
                    Es REINA MARÍA, también,  por su humildad y pequeñez, ya que pudo exclamar: “Mi alma glorifica al Señor, y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humildad de su sierva”
  
                    También, la grandeza de María es debida, al haber sido declarada por Jesús, en la cruz, MADRE DE LA IGLESIA Y DE TODOS LOS HOMBRES,  cuando  dijo: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, refiriéndose a Juan, y  al discípulo: ahí tienes a tu Madre. Y, desde aquel momento, el discípulo la recibió como suya”.

                    Ahora, en la gloria del cielo, participa de la victoria y cercanía de su Hijo Jesús, el Resucitado, compartiendo con Él su excelsitud y señorío: “se estableció la salud y el poderío, y el reinado de nuestro Dios, y la potestad de su Cristo”. Así,  Jesús y su Madre María, autores de Salvación universal, han podido hacer realidad y de manera plena las promesas hechas por  Dios, desde siempre,  a la humanidad.

                      Día de gozo y alegría, el de LA ASUNCIÓN AL CIELO DE MARÍA LA VIRGEN MADRE: “Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones, porque ha hecho en mí cosas grandes el Poderoso” Y, si, Jesús, nos abrió las puertas del Cielo de par en par, Ella, después de entrar, nos  espera gozosa con los brazos abiertos para estrecharnos a nuestra llegada. Por eso, la esperanza de esta posesión, nos llena de inmensa dicha y júbilo; felicidad, ésta, que nadie nos  podrá arrebatar. Somos hijos de Dios, hermanos de Jesús y, por eso, tenemos por Madre a María, a la que, hoy, cantan los ángeles y arcángeles en la gloria de Dios, por los siglos de los siglos.

viernes, 9 de agosto de 2019

Domingo XIX del T. O.-C



DOMINGO XIX DEL T. ORDINARIO - C

DICHOSO EL PUEBLO A QUIEN DIOS ESCOGIÓ

Por Mª Adelina Climent Cortés  O.P.

                    Las lecturas bíblicas de este domingo nos invitan a  que nos fijemos en cómo tenemos que vivir mientras esperamos la llegada definitiva del Señor; pensando, además, cómo  tenemos que hacer realidad en nuestras vidas, el plan de salvación que Dios tiene pensado para cada uno de nosotros y que es  fruto, siempre,  de su misericordia y de su amor. Realidades, estas, muy bien expresadas en el salmo que hoy meditamos y cantamos: 

                    El salmo 32 es  un himno, que canta la acción creadora, providente y misericordiosa de Yahveh, sobre  lo creado y sobre La Historia. Y que, el Señor, todo lo realiza con  la fuerza potente y eficaz de su Palabra.  Su teología es sapienzal.

                    La belleza del salmo ayuda a realzar la sabiduría de la lectura anterior (Sb 18, 6-9)  en la que Yahveh salva a su pueblo de la esclavitud de Egipto y quiere que, por estas acciones liberadoras, le alaben y amen los que intentan ser justos y rectos, todos los que buscan ser buenos.  Y pretende, al mismo tiempo, que el pueblo se sienta feliz de tener un Dios que siempre salva, con su misericordia y bondad, y que, en todo momento protege y bendice a los suyos, a los que se sienten dichosos de pertenecer a su heredad:

Aclamad, justos, al Señor,
que merece la alabanza de los buenos;
dichosa la nación cuyo Dios es el Señor,
el pueblo que él se escogió como heredad.

                    Los que esperan y confían en su justicia y en su misericordia,  todos los que sienten la dicha  de tener un Dios tan cercano y bondadoso, que  les  escucha y hasta dialoga con ellos; saben por experiencia, que, el mismo Dios se complace al mirarlos y que, lo hace amorosamente, para estar atento en los momentos de mayor peligro y fatiga, con el fin de aliviarles en el sufrimiento:

Los ojos del Señor están puestos en sus fieles,
en los que esperan en su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y reanimarlos en tiempo de hambre.

                    Si Dios es nuestro auxilio y el motivo de nuestra esperanza y confianza; con Él lo tenemos todo y nada nos puede faltar. Y, esta  seguridad  y  paz  de Dios  ha de movernos a desear, por nuestra parte,  darle gracias en todo momento, siendo para él, como una continua alabanza  de su gloria

Nosotros aguardamos al Señor:
él es nuestro auxilio y escudo;
que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti.


                    Seguimos cantando con el salmo y desde la hondura de nuestro corazón los designios de su misericordia con los que, Dios,  nos quiere  acompañar todos los días de nuestra vida. Estamos llamados a la salvación eterna,  por parte de Dios en Jesucristo, el que nos va conduciendo con la fuerza de su amor y la firmeza de su verdad. Nos  recuerda en el Evangelio:

                    DONDE ESTÁ VUESTRO TESORO, ALLÍ ESTARÁ TAMBIÉN VUESTRO CORAZÓN 

                    Pues, lo que se nos exige más que nada,  es estar  EN ESTADO DE ALERTA Y VIGILANCIA; siempre preparados,  pensando  cómo hemos de vivir y actuar para ir haciendo realidad las exigencias de Dios, que son las que comporta nuestra propia salvación; y que se reducen a seguir a Cristo Jesús, intentando vivir su misma vida de fe y de confianza con  el Padre Dios: viviendo para ayudar a los demás a que puedan hacer lo mismo, ya que a todos se nos exige, por ser hijos amados de Dios.

                    Así, nuestra vida de cristianos auténticos, se ha de desarrollar dentro de una buena ejemplaridad, apoyados y sostenidos  con la fuerza y energía da La Eucaristía,  el Cuerpo y La Sangre del Señor. Alimento sublime que nos ayudará, en esta sencilla, pero difícil tarea, de la espera del Señor, en la que se hará visible su Salvación, llenándolo todo de su gloria.