sábado, 16 de febrero de 2019

Domingo VI del T. O.- C



DOMINGO VI DEL T. ORDINARIO - C

DICHOSO  EL  HOMBRE,
QUE  HA  PUESTO  SU  CONFIANZA  EN  EL  SEÑOR

Por Mª Adelina Climent Cortés  O.P.


                 Dios, sumo bien, es fuente de felicidad eterna y, también, motivo y meta de nuestra dicha y alegría. Y, a gozar de ella, de  su misma vida, nos invita constantemente, de tal manera que, la felicidad del hombre es la suya. San Ireneo lo dice muy bellamente: “La gloria de Dios es el hombre” (realizado en plenitud), es decir, es el hombre que, con esfuerzo y con la ayuda divina, ha conseguido ser feliz, aunque lo será de manera más plena en la eternidad. Y, a ser feliz, nos conducen hoy las lecturas bíblicas de la misa y, también,  lo que pedimos en el canto meditativo del salmo 1º, el que nos introduce en el salterio.

                  Este salmo, escrito en la época sapienzal; es un “poema didáctico” con la teología propia de su tiempo. Al yahvista le preocupa, como a todo creyente, el problema del bien y del mal,  y llama “dichoso” al que sabe apartarse de todo lo adverso y pone su gozo y lealtad en el Señor, Yahveh, y en meditar su ley saboreando la verdad, que es lo primero que hay que hacer en la vida:   

Dichoso el hombre
que no sigue el consejo de los impíos,
ni entra por la senda de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los cínicos,
sino que su gozo es la ley del Señor,
y medita su ley día y noche.

                   Con la imagen del árbol, fresco y lozano, el salmista orante, nos describe la belleza de una vida anclada en el bien y en la verdad, capaz de dar frutos de amor y de justicia, es decir de santidad:

Será como un árbol
plantado al borde de la acequia:
da fruto en su sazón,
y no se marchitan sus hojas;
y cuanto emprende tiene buen fin.
                                       
                    En cambio, los que no meditan la ley ni la cumplen, no pueden tener a Yahveh por Dios,  ni  seguir sus caminos de amor y fidelidad,  y, por consiguiente,  no pueden experimentar la dicha de sentirse  salvados y seguros en sus manos, ni tampoco son capaces de recibir su bendición: 
        
No así los impíos, no así:
serán paja que arrebata el viento.
Porque el Señor protege el camino de los justos,
pero el camino de los impíos acaba mal.


                      El camino de la dicha, que conduce a la felicidad plena del cielo, es Cristo Jesús, “Camino, Verdad y Vida”. El Padre celestial permitió que la experimentara en  su  entrega  de amor y salvación, y  que la sellara con su muerte de cruz y su resurrección gloriosa. Y, esta es, también, la dicha y felicidad, que Jesús enseñó en el “sermón del llano” cuando habló a la gente que le seguía de las Bienaventuranzas del Reino.

                      Jesús, consideró dichosos a los pobres, a los que sufren y son perseguidos, a los menos considerados de este mundo, que son los que más soportan la cruz de la vida, y les prometió el reino del cielo:

                    “Alegraos ese día y saltad de gozo: PORQUE VUESTRA RECOMPENSA SERÁ GRANDE  EN  EL  CIELO”

                     Y, en cambio, dijo de los poderosos, de los que se gozan de las riquezas despreocupándose de los demás, que carecerían de la dicha total y definitiva, ya que sus acciones son malas y no pueden ser dignas de recompensa alguna.

                      Y, los que seguimos a Cristo Jesús, intentando vivir su misma vida, su actitud evangélica, hemos de saber comunicar a los demás, con nuestro testimonio, el camino único que conduce a todos a la verdadera felicidad, que es el camino  da la justicia,  de la paz y de la solidaridad;  el de la fe, la esperanza, y el  amor; y, también,  el de la plena confianza en el Señor de La Gloria.

viernes, 8 de febrero de 2019

Domingo V del T.O.-C



DOMINGO V DEL T. ORDINARIO - C

DELANTE DE LOS ÁNGELES TAÑERÉ PATA TI, SEÑOR

Por Mª Adelina Climent Cortés  O.P.

                    El Señor, nuestro Dios, en su obra salvadora, es digno de alabanza y de  sincero reconocimiento; y, donde mejor le podemos alabar y  darle gracias,  es en la  eucarística dominical,  Con el rezo  meditativo del salmo 137, aclamando su gloria y santidad, como ya lo hicieron los ángeles en la visión que tuvo Isaías, cuando fue llamado por el Señor para profetizar:

                    “Y vi serafines de pie junto a Él. Y se gritaban uno a otro diciendo:-¡SANTO, SANTO, SANTO, el Señor de los Ejércitos, la tierra está llena de su gloria!

                    Estamos ante  un salmo de “acción de gracias colectivo”, de los tiempos del posexílio. Es un canto de reconocimiento  a Yahveh como Rey y Señor, por su obra creadora y salvadora. Y, en concreto, esta oración sálmica, tan llena de agradecimiento, es por haber liberado a Israel, su pueblo elegido, de la esclavitud que vivía en el destierro de Babilonia. El israelita, llevado de una profunda fe, y, en nombre de la asamblea reunida, comienza su plegaria, postrándose hacia el santuario, donde  reside el trono de su gloria y majestad, rodeado de la corte de sus ángeles:

Te doy gracias, Señor, de todo corazón;
delante de los ángeles tañeré para ti,
me postraré hacia tu santuario.

Daré gracias a tu nombre
por tu misericordia y tu lealtad.
Cuando te invoqué me escuchaste,
acreciste el valor en mi alma.

                    A partir de aquí, el salmista universaliza su oración, invitando a que tomen parte los dioses y reyes de todos los pueblos, para cantar y aclamar la conducta de Yahveh, siempre fiel a los que, al igual que Israel, le buscan con humildad, y para   que, escuchando su oráculo, puedan contemplar su trascendencia y santidad  y dar a conocer su gran poder salvador:               
                        
Que te den gracias, Señor, los reyes de la tierra,
al escuchar el oráculo de tu boca;
canten los caminos del Señor,
porque la gloria del Señor es grande.

                    Después de haber reflexionado sobre la obra salvadora de Yahveh, que no tiene límites porque lo alcanza todo, el salmista puede decirse así mismo: si el Señor en todo momento ha sido fiel a su promesa conmigo, seguro, que también  la llevará a feliz término, y exclama agradecido: 

Extiendes tu brazo y tu derecha me salva.
El Señor completará sus favores conmigo:
Señor, tu misericordia es eterna,
no abandones la obra de tus manos.

                    En el momento actual,  reconocemos, en Cristo Jesús, la santidad de Dios Padre, lo que le es más propio y configura su misma esencia. Santidad que, a la vez, desea proyectar sobre sus seguidores, los que nos llamamos cristianos y queremos serlo de verdad: “Sed santos como vuestro Padre celestial es santo”. Y ser santo equivale a vivir como hijos de Dios y hermanos de todos en Jesús, que es lo mismo que, vivir  para el Reino y en el Reino, para el amor y desde el amor.

                    Pero, además, Jesús, como hizo con los apóstoles, nos invita a ser  anunciadores del reino y testigos de la santidad de Dios, como lo fue Él también; es decir, predicando el evangelio, La Buena Nueva, a todos los pueblos, con el fin de completar su misión en este mundo: la obra salvadora y santificadora del Padre.

                    “Jesús dijo a Simón, que, asombrado ante la pesca milagrosa, se sentía un pecador: - “NO TEMAS: DESDE AHORA, SERÁS PESCADOR DE HOMBRES. Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron”.
                                                        
                     Misión sublime, esta, de lograr ser santos y de predicar el Reino de Dios, pero, a la vez difícil,  costosa y, hasta imposible realizarla por nosotros mismos, ya que, nos sentimos pecadores, débiles y limitados; pero, en la misma llamada que recibimos, la fuerza y el amor de Dios nos purifican, nos fortalecen y nos llenan de valentía;  nos hacen anunciadores y testigos,  motivo éste, para dar en todo momento gracias a Dios diciéndole: “Delante de los ángeles tañeré para ti, Señor”.

viernes, 1 de febrero de 2019

Domingo IV del T. O.- C



DOMINGO IV DEL  T. ORDINARIO - C

MI BOCA ANUNCIARÁ TU SALVACIÓN

Por Mª Adelina Climent Cortés  O.P.
                
                    La vida de todo creyente está llena de dificultades, de incomprensión y hasta de envidia y persecución; de manera que, sólo se puede vivir la fe, desde una oración constante y confiada en la misericordia de Dios, que siempre ayuda y protege a los que le son cercanos y le invocan con sinceridad.

                    Y, porque queremos crecer en la fe y en el conocimiento de Dios, para experimentar su amor y ser anunciadores y testigos del Reino, le invocamos con el salmo 70, haciendo nuestra la actitud orante del salmista.

                     El poema, escrito en la época del posexílio, es uno de los salmos de “lamentación y súplica individual” Es la oración de un anciano en peligro de muerte y acosado por sus enemigos, que, al verle en esta situación, piensan que está abandonado de las manos del Señor, Yahveh, y, hasta desesperado...  Pero, el anciano, más que nunca y con mayor fervor y confianza se vuelve a Dios, teniendo la seguridad de que, sólo Él, puede salvarle de la situación dolorosa que vive:

A ti, Señor, me acojo:
no quede yo derrotado para siempre;
tú, que eres justo, líbrame y ponme a salvo,
inclina a mí tu oído, y sálvame.
     
                      El orante, sigue clamando a Yahveh, como lo indican los calificativos que, con tanto  amor y fuerza le atribuye, y que, manifiestan bien, su profunda fe y grato reconocimiento:                

Sé tú mi roca de refugio,
el alcázar donde me salve,
porque mi peña y mi alcázar eres tú,
Dios mío, líbrame de la mano perversa.

                      Más tranquilo, y recuperado ya de sus dolencias y soledad, el anciano, quiere recordar a Yahveh, lo mucho que ha significado para él, su ayuda y protección, que, también  experimentó antes de nacer, fruto siempre de su bondad y de su amor compasivo y salvador:

Porque tú, Dios mío, fuiste mi esperanza
y mi confianza, Señor, desde mi juventud.
En el vientre materno ya me apoyaba en ti,
en el seno, tú me sostenías.

                        Por fin, el  salmista, estalla en cantos de agradecimiento a Yahveh, del que, siempre contará sus maravillas:                

Mi boca contará tu auxilio,
y todo el día tu salvación.
Dios mío, me instruiste desde mi juventud,
y hasta hoy relato tus maravillas.


                        Esta misma situación de angustia y persecución la vivió el profeta Jeremías, cuando tuvo que anunciar que,  la salvación de Yahveh, era para Israel y todos los pueblos. Y, también  Jesús, cuando iba revelando a las gentes  su mesianidad, presentándose como el enviado de Dios en la sinagoga de Nazaret: “HOY SE CUMPLE ESTA ESCRITURA QUE ACABÄIS DE OIR”. 

                       Y, del mismo modo, nosotros, los cristianos, los que seguimos a Jesús y queremos anunciar La Buena Noticia, su palabra salvadora y evangélica, nos veremos incomprendidos, criticados y en alguna ocasión, hasta perseguidos; pero esto no debe asustarnos, sino todo lo contrario, fortalecernos más; ya que, también a nosotros nos dice Dios: “YO ESTOY CONTIGO PARA LIBRARTE”
                       
                        Que nuestra principal misión sea, pues, anunciar con valentía y ejemplaridad la salvación de Dios en su Hijo Cristo Jesús; salvación que libera, sana y personifica; salvación que transforma y diviniza hasta hacer que, toda la creación cante las maravillas de Dios,  mientras hace visible su reinado de amor.

Presentación de Jesús en el Templo



LA  PRESENTACIÓN  DEL  SEÑOR


EL SEÑOR ES EL REY DE LA GLORIA

Por Mª Adelina Climent Cortés  O.P.


                    La presencia de Dios, con su poder y su gloria, ha de ser siempre cantada, alabada y bendecida. Es lo que hacía Israel, cuando, después de ganar las batallas a los pueblos vecinos, trasladaba el arca de La Alianza que contenía LA GLORIA DE DIOS, entre cantos de victoria y de triunfo, al Templo de Jerusalén donde quedaba entronizada. A esta época pertenece el salmo 23, un himno invitatorio, que, jubilosamente, cantaban los israelitas en honor de Yahveh, Rey de La Gloria, después de una procesión y antes de llegar al santuario, para la celebración litúrgica de alabanza y reconocimiento a su Santo Nombre:

¡Portones, alzad los dinteles,
que se alcen las antiguas compuertas:
va a entrar el Rey de la gloria!

                    Es una manera simbólica de hablar, para indicar que, ante la grandeza de Dios y su esplendorosa gloria, las puertas del santuario quedan estrechas y han de ensancharse para que, toda la creación, el cosmos entero, se convierta en templo sagrado donde Dios pueda habitar, bendecir y consolar a sus fieles, dirigiendo, con su bondad y poder, la vida de cada uno de ellos y la historia de toda la humanidad..

                    El salmista, en un breve diálogo, se hace una pregunta a la  que responde enseguida:

¿Quién es ese Rey de la gloria?
-El Señor, héroe  valeroso;
el Señor, héroe de la guerra.

                    Y, después de otra aclamación a la gloria y majestad de Dios que llena todo el universo, el orante se hace otra pregunta idéntica a la anterior:


¿Quién es ese Rey de la gloria?
-El Señor, Dios de los Ejércitos:
él es el Rey de la gloria.

                    Es una manera de declarar, solemnemente, los motivos por los que se canta con júbilo y se ensalza con solemnidad al Dios del santuario, Señor y Rey de La Gloria: por ser considerado: “Héroe valeroso” y “Señor, Rey de los Ejércitos. Títulos propios y muy estimados por la cultura de entonces.

                    Más, hoy, celebramos la fiesta de LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR EN EL TEMPLO, al que, también acompañamos en procesión, con la luz de las candelas encendidas y con cantos de aclamación y agradecimiento, porque le consideramos LUZ DE LAS NACIONES Y SALVACIÓN DE TODOS LOS HOMBRES.

                    Jesús es presentado, igual que todos los primogénitos de Israel, como un hombre cualquiera, en brazos de María, su madre, acompañada por su esposo José; con el fin de ser consagrado al Señor y, para cumplir, María, con el rito de purificación, igual que hacían todas las mujeres, todas las madres. Y, Jesús, al ser presentado al Padre,  es, a su vez, ofrecido a los hombres por medio de Simeón y Ana que lo acogen en brazos,  para salvación y gloria del  pueblo de Israel; salvación que ha de extenderse a todos los pueblos. Y, celebración, que, a su vez, es un anticipo del misterio pascual, en el que se anuncia el sufrimiento salvador de Cristo Jesús y se vislumbra La Luz Gloriosa de su Resurrección.

                    Fiesta entrañable, La de La Presentación de Jesús en el Templo, que nos señala el lugar donde reside como LUZ GLORIOSA QUE ILUMINA A LAS NACIONES, y que es bendición, amor, y salvación para todo el que, con fe, busca, ora y ama.

viernes, 25 de enero de 2019

Domingo III del T. O.-C



DOMINGO  III  DEL  T. ORDINARIO - C

TUS  PALABRAS  SON  ESPÍRITU Y VIDA

Por Mª Adelina Climent Cortés  O.P.


                       El mejor de los dones que nos ha concedido Dios, es el don de su PALABRA que, al llegar la plenitud de los tiempos, se hizo  SALVACIÓN  en su Hijo Cristo Jesús.  Palabra encarnada del Padre, por la que tenemos acceso a Él. Las lecturas bíblicas de La Eucaristía de hoy nos manifiestan  la fuerza y eficacia de esta palabra que es ESPÍRITU Y VIDA.

                     Y, con el salmo 18, queremos cantar y proclamar la belleza y la  bondad     de esta PALABRA, manifestada como ley del Señor en  su segunda parte. Estamos ante un hermoso poema didáctico, que, con la parte anterior que canta la belleza de la creación, completa y eleva, hasta lo sumo,  la maravillosa obra salvadora  de Dios.

                      Yahveh,  el Dios de La Alianza, llevado por la grandeza de su lealtad y misericordia con  Israel, su pueblo, le dio su ley, su palabra, fruto de su inmensa  bondad y sabiduría,  para que, pudiera  conocer su voluntad y cumplirla, ya que,  le exigía a cambio, fidelidad y amor en toda su conducta.                                  

                       Después del exilio, cuando se hizo  la reconstrucción de Jerusalén y su templo, tuvo mucha importancia la lectura solemne del libro de La Ley, expresión única de la revelación divina,  porque, ayudaba al pueblo a sentirse unido y amado por Yahveh, el Dios bueno,  fiel y veraz,  que siempre y en todo lugar acoge y  protege. Por eso, el salmista la ensalza de esta manera:
   
La ley del Señor es perfecta
y es descanso del alma;
el precepto del Señor es fiel
e instruye al ignorante.

                       En el conocimiento de esta ley, los israelitas experimentaban que, la voluntad de Dios era para ellos fuente clara de luz, de dicha, y de felicidad; y que, meditarla, amarla y cumplirla, era la mayor de las delicias tenidas:

Los mandatos del Señor son rectos
y alegran el corazón;
la norma del Señor es límpida
y da luz a los ojos.

La voluntad del Señor es pura
y eternamente estable;
los mandamientos del Señor son verdaderos
y enteramente justos.

                    El salmista, agradecido, quiere complacer a Yahveh,  con las palabras y los sentimientos de su corazón, fruto todo,  de una  fe interiorizada y de una alegre y sincera alabanza:
                    
Que te agraden las palabras de mi boca,
y llegue a tu presencia el meditar de mi corazón,
Señor, roca mía, redentor mío.

                   
                    Y, con sentimientos de gratitud, amor y reverencia, hemos de escuchar, nosotros también,  La Palabra de Dios, para que siempre  sea viva y eficaz y lleve a cabo lo que  desea, que es llenarnos de su amor, de su luz, de su alegría y consuelo.

                    Es La Palabra, que siempre instruye, aconseja y fortalece y con la que nos podemos dirigir a Dios. La que alimenta nuestra fe y nos transforma en hijos suyos, hasta llegar a ser perfectos como el Padre del cielo.

                    También, es La Palabra, que nos va identificando con Jesucristo, Palabra eterna y definitiva del Padre, porque en ÉL NOS  LO TIENE  DICHO TODO:
   
                   Y, es La Palabra evangélica, La Buena Noticia salvadora, que nos libera y nos capacita, para liberar a los que son esclavos de la pobreza y del egoísmo de los poderosos. La Palabra que nos hace testigos del Reino y nos promete la gloria y la felicidad eterna.                      
        
                    Jesús, “como era de costumbre los sábados, se puso en pie para hacer la lectura y encontró el pasaje de Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí,  porque él me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, a los ciegos la vista. Para dar libertad a los oprimidos, para anunciar el año de gracia del Señor”
 
                    Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en Él. Y ÉL se puso a decirles: -“HOY SE CUMPLE ESTA ESCRITURA QUE ACABÁIS DE OIR”

viernes, 18 de enero de 2019

Domingo II del T. O.




DOMINGO II T. ORDINARIO - C


CONTAD A TODOS LOS PUEBLOS LAS MARAVILLAS DEL SEÑOR

Por Mª Adelina Climent Cortés  O.P.

                     
                   Las maravillas que Dios ha realizado a través de la historia de la salvación, culminan, de manera plena y acabada, en la manifestación de su Hijo Unigénito, Jesucristo, hecho hombre, para nuestra salvación.
              
                    Estas maravillas de Dios, que siempre proceden de su  bondad y de su  misericordia para con los hombres, las proclamaba  y ensalzaba Israel en el salmo 95, uno  los salmos  que se cantaban en las entronizaciones reales. Y que, los israelitas lo retomaron con entusiasmo, para cantar y ensalzar  la gloria del Reino restaurado, después de la cautividad de Babilonia: 

Cantad al Señor un cántico nuevo,
cantad al Señor, toda la tierra;
cantad al Señor, bendecid su nombre.
                  
                     Pero no sólo las maravillas que realiza Yahveh son para Israel.  Su victoria  y su salvación, también  es  para todos los pueblos, llamados a contemplar su gloria. Y, porque todos somos  amados por el Rey y Señor del universo, todos debemos alegrarnos y  proclamar sus maravillas: 

Proclamad día tras día su victoria,
contad a los pueblos su gloria,
sus maravillas a todas las naciones.
                
                    Israel, que en la vuelta del exilio, ha visto la victoria de Yahveh en beneficio propio y como fruto del gran amor que le tiene, se siente destinatario de su Salvación y, al mismo tiempo, comprometido en la tarea de darla a conocer a los demás pueblos, a los que  invita a cantar y a  reconocer “la gloria y el poder de Dios”

Familias de los pueblos, aclamad al Señor,
aclamad la gloria y el poder del Señor,
aclamad la gloria del nombre del Señor.

                   El salmista orante, invita de nuevo a todas las naciones, a tributar a Yahveh, rodeado de gloria y majestad en su templo sagrado, una sincera adoración y  una gozosa alabanza de acción de gracias; animándoles, también, a dar  a conocer su excelsa realeza y señorío, capaz de gobernar el universo con justicia y equidad:   

Postraos ante el Señor en el atrio sagrado,
tiemble en su presencia la tierra toda.
Decid a los pueblos: “El Señor es rey,
él gobierna a los pueblos rectamente”.

                  En los tiempos de plenitud en que vivimos, la gloria de Dios, su divinidad, se nos  ha manifestado  en Cristo Jesús, y en distintas ocasiones. Era la mejor  manera de darse    a conocer, como el Hijo de Dios y como el  Mesias esperado;  es decir, como el Salvador del mundo.

                  En  el fragmento evangélico de Jn  2,1-12, se nos presenta Jesús (el enviado del Padre, y también su gloria y esplendor) en el contexto de una EUCARISTÍA, significada en LAS BODAS DE CANÁ DE GALILEA, y como anuncio de las bodas definitivas y eternas del Cordero con La Humanidad salvada, en el BANQUETE CELESTIAL.

                  Y, en las primeras bodas, las de Caná, Cristo Jesús está significado en el ESPOSO y en el VINO NUEVO que reparte a los comensales.  Vino Nuevo que tiene el poder de crear fiesta y alegrar, de rejuvenecer y transformar todo cuanto existe. Vino, que en La Eucaristía nos purifica, nos fortalece, nos vigoriza y diviniza, y que  en la eternidad nos embriagará de luz y de gloria.  También será entonces cuando se cantará  jubilosamente el cántico nuevo del amor, por siglos sin fin.

viernes, 11 de enero de 2019

Bautismo del Señor-Solemnidad



EL BAUTISMO DEL SEÑOR – C
  
BENDICE ALMA MÍA AL SEÑOR
¡DIOS MIO, QUÉ GRANDE ERES!

Por Mª Adelina Climent Cortés OP.


                    Estalla en plenitud la manifestación mesiánica y gloriosa de Jesús. Relata Lucas en su Evangelio: sucedió  que  “en un bautismo general, también Jesús se bautizó. Y, MIENTRAS ORABA, SE ABRIÓ EL CIELO, BAJÓ EL ESPÍRITU SANTO EN FORMA DE PALOMA, Y VINO UNA VOZ DEL CIELO: “TU ERES MI HIJO,  EL AMADO; EL PREDILECTO”.

                    Y, porque este domingo celebramos litúrgicamente y con alegría esta Fiesta del Bautismo de Jesús, ya adulto, en la que se nos revela su gloria y majestad, con sumo gozo le bendecimos y aclamamos, cantando el salmo responsorial 103.

                    Este salmo, es un Himno luminoso y festivo que ensalza al Señor Yahveh como Rey del Universo. Un  poema, que canta la belleza y hermosura de La Creación, tratando de descubrir al mismo tiempo, que esta obra suya, tan grandiosa y sublime, sostiene el designio amoroso y divino de su corazón, para con los hombres: la plenitud de su Gracia y La Sabiduría de su Salvación.

                    El poema, se apoya en  el relato del Génesis, capítulo1, lo que demuestra, que su composición es reciente, en torno al Exílio o al inmediato posexílio

                    Comienza el poema invitándose el salmista a alabar y bendecir al Señor Yahveh, su Dios, admirando su grandeza, las cualidades divinas  que le adornan y la luz salvadora que se desprende de todo su ser, y que llena el horizonte espacial de hermosura y claridad                           

Bendice alma mía, al Señor,
¡Dios mío, qué grande eres!
Te vistes de bellaza y majestad,
la luz te envuelve como un manto.

                    Desde el cielo, donde Yahveh tiene su morada, se deleita y  complace en su maravillosa obra, ejerciendo su reinado y poder como dueño y Señor de lo que existe. Toda la creación es como su palacio real, y, su Señorío Universal es único e inigualable, porque en su  soberanía lo gobierna todo con equilibrio y suavidad:  

Extiendes los cielos como una tienda,
construyes tu morada sobre las aguas;
las nubes te sirven de carroza,
avanzas en las alas del viento;
loa vientos te sirven de mensajeros
el fuego llameante, de ministro

                    Reconoce el orante, que todas las obras de Dios son magníficas, que su sabiduría no tiene límites, que sus paisajes son pura bellezas y de fuerte colorido. Y que,  además, la tierra está llena de sus criaturas a las que sustenta y da vida con su amorosa providencia:

Cuántas son tus obras, Señor,
y todas las hiciste con sabiduría;
la tierra está llena de tus criaturas.
Ahí está el mar: ancho y dilatado,
en él bullen, sin número,
animales pequeños y grandes.
.
                    Y exclama: Tú solo, Señor, puedes conservarlo todo con solicitud, ya que   nunca abandonas nada y das seguridad y firmeza a cuanto existe, pues lo amas todo, y con ternura, lo cuidas y proteges. ¡Qué grande eres, Señor!

Todos ellos aguardan
a que les eches comida a su tiempo:
se la echas, y la atrapan;
abres tu mano, y se sacian de bienes.

                         Todos los vivientes dependen de la bondad de Dios, de su mano abierta y generosa,  y de su aliento vivificador. Verdaderamente su ESPÍRITU REPUEBLA LA FAZ DE LA TIERRA:

Escondes tu rostro, y se retiran;
les retiras tu aliento, y expiran
y vuelven a ser polvo;
envías tu aliento, y los creas,
y repueblas la faz de la tierra.

                     Y, es el mismo ESPIRITU divino recibido del Padre, el que actúa en Jesús, Nuestro Mesías Salvador. Por lo que,  todas las lecturas litúrgicas de esta celebración realzan la manifestación de la gracia y la gloria que posee  por ser  HIJO DE DIOS:

                     Isaías lo preanuncia, anticipadamente, como un mensaje de liberación: “Consolad, consolad a mi pueblo ya que Dios nunca lo ha abandonado. No temas Jerusalén aquí está vuestro Dios que llega con poder”.

                     También, S, Pablo nos lo recuerda: “Ha aparecido  la gracia de Dios que trae la salvación para todos los hombres. Y el Padre Eterno lo confirma cuando hace resonar su voz desde el cielo: “ESTE ES MI HIJO, EL AMADO, EL PREDILECTO”

                    De igual manera, por el Bautismo, hemos sido hechos uno con Cristo, por El, somos Hijos de Dios, Herederos de su gloria y podemos llamar a Dios Padre. Y, el ESPÍRITU que se nos comunica y viene en nuestra ayuda, nos hace miembros de La Iglesia,  nos infunde la fe, nos abre horizontes de esperanza y nos ayuda a vivir fieles en el seguimiento de Jesús, amando a los más pobres, haciendo siempre el bien a los que nos rodean y viviendo sumamente agradecidos  a nuestro Padre del Cielo.